Hoy, si quieres ser alguien en este planeta, tienes que mandar un cohete a la Luna. India es alguien por fin. China hace tiempo que logró ese caché. El sudeste asiático hace valer su gigantismo y escupe al espacio salivazos de última tecnología.
Hoy gentes de Europa del Este se afanan en limpiar tu parabrisas de las inclemencias del planeta. Tú no quieres, pues amas tu don para ver a través de un cristal sucio, pero el oriundo de cualquier parte menos de ese paso de peatones se empeña en que es dueño de la fórmula mágica para retornar la transparencia a tan valioso escaparate, y filántropo él, quiere hacerte partícipe de ella, y sólo por unas monedas. Tú rehusas porque piensas en la Luna.
Apoyando el talón del pie derecho en un poyete metálico, de esos que están ahí al borde de la acera para amoratar espinillas y abollar chapa, el chico de piel tostada y pelo negro, sucio y revuelto, espera a que el semáforo le dé luz verde para abalanzarse sobre cualquier coche. Vestido con una sudadera roñosa, Nike para más señas, y con unos vaqueros roídos, cubriendo sus pies con unas Adidas negras sin cordones, el chico mueve la cabeza, siguiendo el ritmo de una música que sólo suena en su cabeza. Los coches pasan a su lado, el ámbar indica que todos han de acelerar, ahora o nunca, y el rojo los detiene, rabiando, mordisqueando el paso de cebra. El chico salta a un Ford Focus gris y fumiga su luna mientras despliega a través de ella todo su poder de convencimiento: una sonrisa y un meneo de cejas. El conductor, cuarenta y pocos, de traje pero con la chaqueta descansando en el asiento trasero, pelo corto y bigote espeso, agita sus brazos. Se comunican cual chimpancés, uno con muecas, el otro con aspavientos. Gana el gorila nervioso enjaulado, y el mono taimado se aleja a otra rama con su Glassex y su estropajo.
En la India han llegado a la Luna así que a mí qué coño me importa si mi coche está sucio, no lo toques, me cago en la puta, que no me sale de los cojones. Y punto. Mi luna sigue sucia y aquella ya no tiene misterio... o sí. Los hindúes se han ido tan lejos en busca de helio, que va a ser muy importante cuando terminemos de arrasar con lo que fue importante antes, y nosotros, él y yo, sólo conocemos el gas para transformar la voz en otra más aguda e hilarante. El helio ahora es lo más, la luna la vimos hace cuarenta años en la tele, este es un gran paso y todo eso, el chaval de pelo grasiento sólo quiere comer algo, hace cuarenta años y ahora también, y yo soy el del coche, no me limpies, coño, que no me sale de los cojones, que Wall Street se va al carajo y sólo el helio puede salvarnos.
Si Armstrong se hubiese comprado una parcela en el satélite, que habría cuidado gustoso Collins, hoy su familia podría salvar al mundo y enriquecerse con el comercio espacial de helio, y la de Collins podría continuar allá. Y el limpiacristales y yo seguiríamos hablando como los simios que somos a través de un cristal polvoriento.
viernes, 24 de octubre de 2008
domingo, 19 de octubre de 2008
Un domingo cualquiera
Un domingo más, en la larga y aburrida historia de los domingos, antesala de los lunes, final de una semana más, marca temporal donde las haya, día de fútbol y de paseos lacónicos, día en honor al sol, aunque éste no salga, perezoso, y se esconda porque no está de humor, y eso que ayer no salió tampoco.
Mi domingo empezó ayer a las doce y dos minutos, dos minutos inaugurales de domingo, con un mensaje en el móvil. Una gallega de ojos verdes, tan parecida a la famosa foto de portada del National Geographic pero con expresión más halagüeña, me anunció el nuevo día con un "Espero ser la primera". Joder, se adelantó hasta a mi conciencia temporal.
Esta mañana, café y cigarrito pa'l pecho, mi compañera de piso buceando en la tele para superar su resaca, y mi compañero indagando en Internet para ponerse al día del Gran Premio. Yo me conecto y en mi buzón de entrada un mensaje comercial, pero de felicitaciones. Malditas bases de datos en las que no sé que soy celda y fila y registro. Soy electrónicamente más popular de lo que cabía esperar. Un ente comercial ha sido el segundo, un mensaje fue el primero, no he oído nada todavía pero no dejo hueco ni a la melancolía ni a la depresión por las relaciones devaluadas, en las que acordarse de una fecha como hoy es siempre más difícil que controlar el gasto hipotecario o que marcar en el calendario el comienzo de las ansiadas vacaciones.
Hoy es mi cumpleaños y no me importa ni a mí (miento, claro). Ya son 27 palos dando tumbos y oye, no estoy magullado. Estoy de buen humor y soy invisible.
En el Messenger, otra felicitación. Si tuviera Facebook... pero yo sigo confiando demasiado en las relaciones de verdad, con tacto y esas cosas, más allá de ventanitas y webs y redes sociales que son redes sin malla pero sólo artificialmente sociales. Confiamos tanto en la facilidad que nos ofrecen las tecnologías que nos olvidamos del contacto que ha existido siempre. Estamos pervertidos, proxenetas de amistades reales y vendedores de agendas de contactos, y nos acomodamos en un mar de teclas y bits. Soy talibán con la web 2.0, aunque supongo que acabaré cayendo. Que a todos nos gusta que nos feliciten por nuestro cumpleaños, aunque sea con un mensaje virtual.
¿Quién será el primero en llamarme o en decirme a la cara 'felicidades'? ¿Quién recuperará el tirón de orejas y la tarta y esas tradiciones del pleistoceno, tan poco de moda?
Cumplir años en domingo es como ser mudo en un coro. Nadie se da cuenta de que no cantas porque mueves la boca abierta, sólo los que saben que no articulas palabra son conscientes del falsete, y son los únicos que te felicitan cómplices porque saliste airoso del concierto. El resto del público se congratula contigo por lo bien que has entonado.
Y mi abuela, que no sabe de los Internets estos, tira de teléfono y es la primera en cantarme en la distancia. Y mis compañeros de piso lo oyen y recuperan el hábito perdido y me abrazan y ríen su despiste.
Y es un domingo más en el que yo hago 27 y no lo pongo en el Messenger como "mensaje personal" ni lo anuncio en comunidades internautas por lo que freno posibles muestras de afecto electrónicas. Y no las echo de menos.
Mi domingo empezó ayer a las doce y dos minutos, dos minutos inaugurales de domingo, con un mensaje en el móvil. Una gallega de ojos verdes, tan parecida a la famosa foto de portada del National Geographic pero con expresión más halagüeña, me anunció el nuevo día con un "Espero ser la primera". Joder, se adelantó hasta a mi conciencia temporal.
Esta mañana, café y cigarrito pa'l pecho, mi compañera de piso buceando en la tele para superar su resaca, y mi compañero indagando en Internet para ponerse al día del Gran Premio. Yo me conecto y en mi buzón de entrada un mensaje comercial, pero de felicitaciones. Malditas bases de datos en las que no sé que soy celda y fila y registro. Soy electrónicamente más popular de lo que cabía esperar. Un ente comercial ha sido el segundo, un mensaje fue el primero, no he oído nada todavía pero no dejo hueco ni a la melancolía ni a la depresión por las relaciones devaluadas, en las que acordarse de una fecha como hoy es siempre más difícil que controlar el gasto hipotecario o que marcar en el calendario el comienzo de las ansiadas vacaciones.
Hoy es mi cumpleaños y no me importa ni a mí (miento, claro). Ya son 27 palos dando tumbos y oye, no estoy magullado. Estoy de buen humor y soy invisible.
En el Messenger, otra felicitación. Si tuviera Facebook... pero yo sigo confiando demasiado en las relaciones de verdad, con tacto y esas cosas, más allá de ventanitas y webs y redes sociales que son redes sin malla pero sólo artificialmente sociales. Confiamos tanto en la facilidad que nos ofrecen las tecnologías que nos olvidamos del contacto que ha existido siempre. Estamos pervertidos, proxenetas de amistades reales y vendedores de agendas de contactos, y nos acomodamos en un mar de teclas y bits. Soy talibán con la web 2.0, aunque supongo que acabaré cayendo. Que a todos nos gusta que nos feliciten por nuestro cumpleaños, aunque sea con un mensaje virtual.
¿Quién será el primero en llamarme o en decirme a la cara 'felicidades'? ¿Quién recuperará el tirón de orejas y la tarta y esas tradiciones del pleistoceno, tan poco de moda?
Cumplir años en domingo es como ser mudo en un coro. Nadie se da cuenta de que no cantas porque mueves la boca abierta, sólo los que saben que no articulas palabra son conscientes del falsete, y son los únicos que te felicitan cómplices porque saliste airoso del concierto. El resto del público se congratula contigo por lo bien que has entonado.
Y mi abuela, que no sabe de los Internets estos, tira de teléfono y es la primera en cantarme en la distancia. Y mis compañeros de piso lo oyen y recuperan el hábito perdido y me abrazan y ríen su despiste.
Y es un domingo más en el que yo hago 27 y no lo pongo en el Messenger como "mensaje personal" ni lo anuncio en comunidades internautas por lo que freno posibles muestras de afecto electrónicas. Y no las echo de menos.
jueves, 16 de octubre de 2008
Día 3 - Se acabó contar los días
Cuando no obtienes respuesta, cuando el silencio quiere ser tu mejor amigo y tú sólo quieres cogerlo por el cuello y apretar y apretar, te sientes inútil, porque cuando abres las manos ves que no hay nada y que lo único que has hecho es clavarte las uñas.
Cuando haces de tripas corazón y te armas con todo lo que tienes a tu alrededor y te lanzas a matar al dragón del silencio, sin ser tú caballero andante, sabes que te arriesgas a recibir una paliza del gigantesco lagarto. Pidiendo una respuesta te arriesgas a oír algo que no quieres ni imaginar.
Pero como vivimos en el siglo XXI, mis armas son las tecnologías de las comunicaciones, y escribir, claro, que eso puede con cualquier Hiroshima.
Así que mandé el mensaje que tenía que mandar, después de haberla vuelto a llamar y de que, otra vez, optara por dejar sonar el móvil, imperando el silencio de nuevo. Miraría la pantalla, vería mi nombre insistiendo, y hundiría el teléfono en el bolso. Así que le mandé el mensaje, tensando un poco más el hilo: "Peque, no quiero rallarte. ¿Prefieres que no te llame? No sé, tía, dime algo, lo que sea, pero algo".
Y lo hizo, inmediatamente.
"Lo siento, tío... No puedo... Ya te llamo pronto... Lo siento".
Y yo sólo puedo odiar los puntos suspensivos y dejar de contar los días porque ya se acabó. He tirado del hilo y se ha roto. Y no sé coser.
Se acabó el silencio, me quedé contento, y todo se fue a la mierda. Ya no espero nada, y me precipito al tedio. Joder, Anita... no puedes. Pero no lo sientas. Ya no.
Cuando haces de tripas corazón y te armas con todo lo que tienes a tu alrededor y te lanzas a matar al dragón del silencio, sin ser tú caballero andante, sabes que te arriesgas a recibir una paliza del gigantesco lagarto. Pidiendo una respuesta te arriesgas a oír algo que no quieres ni imaginar.
Pero como vivimos en el siglo XXI, mis armas son las tecnologías de las comunicaciones, y escribir, claro, que eso puede con cualquier Hiroshima.
Así que mandé el mensaje que tenía que mandar, después de haberla vuelto a llamar y de que, otra vez, optara por dejar sonar el móvil, imperando el silencio de nuevo. Miraría la pantalla, vería mi nombre insistiendo, y hundiría el teléfono en el bolso. Así que le mandé el mensaje, tensando un poco más el hilo: "Peque, no quiero rallarte. ¿Prefieres que no te llame? No sé, tía, dime algo, lo que sea, pero algo".
Y lo hizo, inmediatamente.
"Lo siento, tío... No puedo... Ya te llamo pronto... Lo siento".
Y yo sólo puedo odiar los puntos suspensivos y dejar de contar los días porque ya se acabó. He tirado del hilo y se ha roto. Y no sé coser.
Se acabó el silencio, me quedé contento, y todo se fue a la mierda. Ya no espero nada, y me precipito al tedio. Joder, Anita... no puedes. Pero no lo sientas. Ya no.
martes, 14 de octubre de 2008
Día 2: Ligera recaída
Ayer, antes de acostarme y deleitarme con la Música para Camaleones del gran Truman Capote, decidí llamarla, qué cojones. Me apetecía hablar con ella y reírme con ella después de haberla llorado por el móvil hace un par de días. No me lo cogió. A las doce de la noche... mierda.
Es lo que hay, y está bien, no pasa nada. Cuelgo, te mando un mensaje de risas y me zambullo a resolver ese auténtico crimen americano que narra el genio histriónico en Ataúdes tallados a mano.
Al apagar la luz, compruebo que mi móvil funciona y que tal vez sea yo el que deba de dejar de funcionar así.
Me duermo al rato, y mi móvil sólo suena para despertarme seis horas después.
Hoy, después de la comida en el trabajo, le he dado dos caladas a un porro.
Hoy sonrió otra vez, porque poco a poco parece que puedo con todo. Poco a poco. Sólo han pasado dos días, pero no me acuerdo de la última vez que pasé dos días sólo catando un peta y no hincándomelo yo en algún momento de estas larguísimas 48 horas.
Imagino que si un veterano del caballo o de la farlopa leyera esto le darían ganas de matarme, por creerme que realmente estoy logrando algo. Pero es que ellos son veteranos, yo sólo soy novato en esta guerra, soldado de reemplazo que sustituye a los caídos en combate. Y no quiero ascender ni ser condecorado, sólo quiero llegar al final de esta batalla de mierda, herido o no, pero vivo al fin y al cabo. Sin pesadillas ni recuerdos infames, sólo un mundo por delante sin humo saliendo de mis ansiosas fauces.
Hoy sonrió otra vez porque no recuerdo la última vez que me perturbó lo más mínimo el que mi móvil se callase en vez de darme una respuesta a una pregunta lanzada vía SMS. Y eso está bien, porque sólo cuando tu orgullo es herido eres consciente de que lo tienes y de que sangra y de que la hemorragia sólo se para con una buena dosis de cojones y de tragar saliva.
Hoy sonrío, porque donde hay una ligera recaída quiero pensar que hay un atisbo. He empezado a andar un camino que tendría que haber recorrido hace tanto tiempo, y me voy tropezando, pero no dejo de avanzar. Y eso, claro, está bien, aunque mi puto móvil no vibre ni su nombre aparezca en la pantalla.
Capote escribió: "Soy alcohólico, soy homosexual, soy drogadicto. Soy un genio". Yo me conformo con sólo ser lo primero... es broma, claro, pues supongo que lo segundo no está mal tampoco...
Es lo que hay, y está bien, no pasa nada. Cuelgo, te mando un mensaje de risas y me zambullo a resolver ese auténtico crimen americano que narra el genio histriónico en Ataúdes tallados a mano.
Al apagar la luz, compruebo que mi móvil funciona y que tal vez sea yo el que deba de dejar de funcionar así.
Me duermo al rato, y mi móvil sólo suena para despertarme seis horas después.
Hoy, después de la comida en el trabajo, le he dado dos caladas a un porro.
Hoy sonrió otra vez, porque poco a poco parece que puedo con todo. Poco a poco. Sólo han pasado dos días, pero no me acuerdo de la última vez que pasé dos días sólo catando un peta y no hincándomelo yo en algún momento de estas larguísimas 48 horas.
Imagino que si un veterano del caballo o de la farlopa leyera esto le darían ganas de matarme, por creerme que realmente estoy logrando algo. Pero es que ellos son veteranos, yo sólo soy novato en esta guerra, soldado de reemplazo que sustituye a los caídos en combate. Y no quiero ascender ni ser condecorado, sólo quiero llegar al final de esta batalla de mierda, herido o no, pero vivo al fin y al cabo. Sin pesadillas ni recuerdos infames, sólo un mundo por delante sin humo saliendo de mis ansiosas fauces.
Hoy sonrió otra vez porque no recuerdo la última vez que me perturbó lo más mínimo el que mi móvil se callase en vez de darme una respuesta a una pregunta lanzada vía SMS. Y eso está bien, porque sólo cuando tu orgullo es herido eres consciente de que lo tienes y de que sangra y de que la hemorragia sólo se para con una buena dosis de cojones y de tragar saliva.
Hoy sonrío, porque donde hay una ligera recaída quiero pensar que hay un atisbo. He empezado a andar un camino que tendría que haber recorrido hace tanto tiempo, y me voy tropezando, pero no dejo de avanzar. Y eso, claro, está bien, aunque mi puto móvil no vibre ni su nombre aparezca en la pantalla.
Capote escribió: "Soy alcohólico, soy homosexual, soy drogadicto. Soy un genio". Yo me conformo con sólo ser lo primero... es broma, claro, pues supongo que lo segundo no está mal tampoco...
lunes, 13 de octubre de 2008
Día uno, aguantando el tirón
Hoy he aguantado el tirón. Se han fumado un petardo en mi cara, en un descanso travieso en el trabajo, y yo me he dedicado a la pura nicotina, sin pedir esa calada que mi diablito quería y mi angelito no se atrevía a rechazar. Y al final he decidido yo, dándome un sopapo en los hombros y espantando a monigotes que aconsejan u ordenan. Que ya es hora, coño.
De momento, claro, no noto nada, ni para bien ni para mal, más allá de las putas ganas de darle un tiro al peta y saborear el hachís. Pero no. No debo. Si quiero volver a conquistar montañas y hollar océanos, no debo. Yo no.
Hoy he aguantado el tirón. No la he llamado, ni la he puesto un mensaje, ni he llenado su bandeja de entrada. Pero sigo pensándola igual. Sigo teniendo las mismas, sino más, putas ganas de darle mil besos y saborear su cuerpo. Pero no. No me dejan. Por mí, quiero, debo y puedo, pero no me dejan. En realidad, no quiero aguantar el tirón, así que terminaré poniéndome en contacto con ella, pero con un Fortuna en los labios, nada más.
Hoy he aguantado el tirón y me he puesto a trabajar como si fuera cualquier otro día, como si no fuera lunes, como si tuviera ganas de trabajar. Como si sirviera para algo, como si me aportara algo más allá de una mierda de sueldo y un mes de vacaciones que aún no he agotado. Pero no me lo creo ni yo, así que hasta que me dure, y luego, ya rellenaré el tiempo escribiendo, como ahora.
Estoy aguantando el tirón y no estoy convencido del motivo, pero me esperanzan los resultados. Seguiré tirando, y quizá mañana vuelva a escribir de ficción, dejar de mirarme el ombligo, dejar de sufrirme por tanto pensarme. Quizá mañana cree un alter ego y le ponga en una situación extraña. Quizá el personaje logre salir airoso de un fusilamiento trivial, o quizá se suicide ahorcándose con su propia corbata en el ascensor después de haber pillado a su mujer follándose a un mulato. Al menos no seré yo, otra vez.
De momento, claro, no noto nada, ni para bien ni para mal, más allá de las putas ganas de darle un tiro al peta y saborear el hachís. Pero no. No debo. Si quiero volver a conquistar montañas y hollar océanos, no debo. Yo no.
Hoy he aguantado el tirón. No la he llamado, ni la he puesto un mensaje, ni he llenado su bandeja de entrada. Pero sigo pensándola igual. Sigo teniendo las mismas, sino más, putas ganas de darle mil besos y saborear su cuerpo. Pero no. No me dejan. Por mí, quiero, debo y puedo, pero no me dejan. En realidad, no quiero aguantar el tirón, así que terminaré poniéndome en contacto con ella, pero con un Fortuna en los labios, nada más.
Hoy he aguantado el tirón y me he puesto a trabajar como si fuera cualquier otro día, como si no fuera lunes, como si tuviera ganas de trabajar. Como si sirviera para algo, como si me aportara algo más allá de una mierda de sueldo y un mes de vacaciones que aún no he agotado. Pero no me lo creo ni yo, así que hasta que me dure, y luego, ya rellenaré el tiempo escribiendo, como ahora.
Estoy aguantando el tirón y no estoy convencido del motivo, pero me esperanzan los resultados. Seguiré tirando, y quizá mañana vuelva a escribir de ficción, dejar de mirarme el ombligo, dejar de sufrirme por tanto pensarme. Quizá mañana cree un alter ego y le ponga en una situación extraña. Quizá el personaje logre salir airoso de un fusilamiento trivial, o quizá se suicide ahorcándose con su propia corbata en el ascensor después de haber pillado a su mujer follándose a un mulato. Al menos no seré yo, otra vez.
domingo, 12 de octubre de 2008
Nada más que declarar
Las 12 del mediodía de un domingo cualquiera, pero primer domingo otoñal, frío y nublado, pero con luz blanca e hiriente. Ayer fue un sábado cualquiera. El viernes fue un viernes más. La semana podría encajarse en cualquier mes del año.
Anoche en la cama, mientras sorbía mocos y retenía las últimas lágrimas, concluí que soy un frustrado.
Quiero escribir y me conformo con un blog y con un trabajo en el que redacto.
Quiero escribir y me doy cuenta de que nada tiene que ver con montar en bici. Hace mucho que no leo y mucho que no escribo, y ya no es lo mismo, ya no me sale lo mismo, ya no escribo ficción, con tantos relatos guardados en algún sitio. Me tambaleo en la bicicleta escribiendo sobre mí, y siento vértigo ante lo poco que tengo que contar.
Andreu me comenta que en tiempos de crisis y zozobra, quien se queja del trabajo no tiene perdón. Y le doy parte de razón. Soy premio Nobel en el arte de quejarme, pero por lo bajini, para mis adentros, y claro, me carcome.
No sé qué quiero hacer con mi vida laboral, y de momento me conformo con mi trabajo tanto como me quejo de él. Bueno, Andreu, si vieras lo que cobro... pero sí, algo es algo.
Pero me quejo, porque soy un frustrado.
Porque no quiero vivir en Madrid ni llevar esta vida de aborregado. Pero no hago nada más allá de proclamarlo.
Y un día aparece ella y se me antoja motivo para salir de esta espiral embriagadora y suicida. Me vuelve el color a la cara y la sonrisa es natural, y por fin hay algo de lo que hago que me gusta y aligera de repente los lastres que tanto engordo, y vuelvo a sentirme tan alto.
Pero no, no vale y no vuelo. El cielo se abre, pero es sólo durante unos minutos, luego se repiten las nubes. Puedo declarar que quiero tenerla, otra vez, que me hará tanto bien tenerla, y me dice que ahora no. Que ella también me echa de menos, pero que ahora no, que no puede ser, que necesita tiempo para volver a reconocerse después de nuestra locura de verano, que fue mucho más que una locura de verano.
Soy gilipollas. Me he aferrado a una novedad en mi vida que me ha entusiasmado. He querido que fuera la chispa que hiciera explotar toda mi mierda. Pero sólo yo puedo prender la mecha, sin eventualidades externas(puta mierda, ella no puede ser una eventualidad). Sólo yo puedo.
Sólo a mí me compete volver a escribir, sin musas, sacarle jugo a las naranjas de mi trabajo, hacer lo que tenga que hacer para sonreír y jugar más... dejar de fumar porros. Se me va la vida en ellos. Con ellos mis días son páginas en blanco y me supone demasiado esfuerzo ponerme a escribir.
Llevo diez años fumando porros y no sé como soy yo sin fumar.
Mi vida en volutas de humo. Apuro la chusta del primero de hoy, y no me siento mal. La cabeza abotargada, el cuerpo pesado, la mente en nebulosa. Sé lo que hay. Y en diez minutos tendré que dejar de escribir y dedicar el tiempo a perderlo. La consola como refugio del colocón. Y cuando me recupere un poco, me fumaré otro que me hará decaer de nuevo. Y así llegará la noche, y habrá sido un domingo más, de una semana más. Y mañana a trabajar, y vuelta a empezar. Y pasaré de puntillas por la semana, por el mes, por el año, y miraré atrás, y volveré a llorar en la cama. Y gritaré que se acabó, que no estoy dispuesto a no acordarme de qué hice mal.
Pero me fumaré el primero de la mañana despotricando contra todo, reconociéndome frustrado, hasta que las letras bailen y mis dedos no aprieten las teclas, y me vaya a echarme un vicio a cualquier juego de tiros y pasen las horas...
Estoy hasta la polla de armaduras, de olvidarme de libros leídos y pelis aborrecidas, de perder contacto y ganar tan pocos, de levantarme contento, comer triste y dormirme enfadado, de la ansiedad ante el tiempo que se dilata cuando no hay porros, de no saber sobre qué escribir, de que me guste tanto el hachís, de ser un yonki...
Tengo que decir se acabo, y creérmelo, tanto como me creo un frustrado y un yonki, que manda huevos.
Me llama Memphis para salir por ahí, salir de casa, salir... bienvenido sea.
Anoche en la cama, mientras sorbía mocos y retenía las últimas lágrimas, concluí que soy un frustrado.
Quiero escribir y me conformo con un blog y con un trabajo en el que redacto.
Quiero escribir y me doy cuenta de que nada tiene que ver con montar en bici. Hace mucho que no leo y mucho que no escribo, y ya no es lo mismo, ya no me sale lo mismo, ya no escribo ficción, con tantos relatos guardados en algún sitio. Me tambaleo en la bicicleta escribiendo sobre mí, y siento vértigo ante lo poco que tengo que contar.
Andreu me comenta que en tiempos de crisis y zozobra, quien se queja del trabajo no tiene perdón. Y le doy parte de razón. Soy premio Nobel en el arte de quejarme, pero por lo bajini, para mis adentros, y claro, me carcome.
No sé qué quiero hacer con mi vida laboral, y de momento me conformo con mi trabajo tanto como me quejo de él. Bueno, Andreu, si vieras lo que cobro... pero sí, algo es algo.
Pero me quejo, porque soy un frustrado.
Porque no quiero vivir en Madrid ni llevar esta vida de aborregado. Pero no hago nada más allá de proclamarlo.
Y un día aparece ella y se me antoja motivo para salir de esta espiral embriagadora y suicida. Me vuelve el color a la cara y la sonrisa es natural, y por fin hay algo de lo que hago que me gusta y aligera de repente los lastres que tanto engordo, y vuelvo a sentirme tan alto.
Pero no, no vale y no vuelo. El cielo se abre, pero es sólo durante unos minutos, luego se repiten las nubes. Puedo declarar que quiero tenerla, otra vez, que me hará tanto bien tenerla, y me dice que ahora no. Que ella también me echa de menos, pero que ahora no, que no puede ser, que necesita tiempo para volver a reconocerse después de nuestra locura de verano, que fue mucho más que una locura de verano.
Soy gilipollas. Me he aferrado a una novedad en mi vida que me ha entusiasmado. He querido que fuera la chispa que hiciera explotar toda mi mierda. Pero sólo yo puedo prender la mecha, sin eventualidades externas(puta mierda, ella no puede ser una eventualidad). Sólo yo puedo.
Sólo a mí me compete volver a escribir, sin musas, sacarle jugo a las naranjas de mi trabajo, hacer lo que tenga que hacer para sonreír y jugar más... dejar de fumar porros. Se me va la vida en ellos. Con ellos mis días son páginas en blanco y me supone demasiado esfuerzo ponerme a escribir.
Llevo diez años fumando porros y no sé como soy yo sin fumar.
Mi vida en volutas de humo. Apuro la chusta del primero de hoy, y no me siento mal. La cabeza abotargada, el cuerpo pesado, la mente en nebulosa. Sé lo que hay. Y en diez minutos tendré que dejar de escribir y dedicar el tiempo a perderlo. La consola como refugio del colocón. Y cuando me recupere un poco, me fumaré otro que me hará decaer de nuevo. Y así llegará la noche, y habrá sido un domingo más, de una semana más. Y mañana a trabajar, y vuelta a empezar. Y pasaré de puntillas por la semana, por el mes, por el año, y miraré atrás, y volveré a llorar en la cama. Y gritaré que se acabó, que no estoy dispuesto a no acordarme de qué hice mal.
Pero me fumaré el primero de la mañana despotricando contra todo, reconociéndome frustrado, hasta que las letras bailen y mis dedos no aprieten las teclas, y me vaya a echarme un vicio a cualquier juego de tiros y pasen las horas...
Estoy hasta la polla de armaduras, de olvidarme de libros leídos y pelis aborrecidas, de perder contacto y ganar tan pocos, de levantarme contento, comer triste y dormirme enfadado, de la ansiedad ante el tiempo que se dilata cuando no hay porros, de no saber sobre qué escribir, de que me guste tanto el hachís, de ser un yonki...
Tengo que decir se acabo, y creérmelo, tanto como me creo un frustrado y un yonki, que manda huevos.
Me llama Memphis para salir por ahí, salir de casa, salir... bienvenido sea.
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