martes, 26 de abril de 2011

Historias de pueblo

Al volver al pueblo de su infancia se propuso únicamente recuperar vivencias, recordar anécdotas con los amigos que siempre lo serán aunque llevara tanto sin verlos, beber sin mirar la hora, amanecer a mediodía, comer con la familia que le idolatra, porque la distancia entre el pueblo y la ciudad hace que los que se fueron a la urbe sean vistos como próceres, mirar goloso a las mujeres de su adolescencia, pero sólo mirarlas, hablarlas, no caer de nuevo en el sexo por el sexo con mujeres que no se merecen ser tratadas como las que esperan a que él llegue, pues él no es nadie para ser esperado, llamar por su nombre a todos los camareros y paisanos avejentados, reír al máximo de decibelios, desde el estómago hasta la mandíbula, escuchar vidas y penas y comprender de nuevo quién es, porque las raíces se empeñan en dejarle claro qué esencia le marca, por más que él se esfuerce en creerse de otra pasta. Él es de allí, de allí será y allí debería volver para examinarse, sólo ante sí mismo.

Y cumplió con lo que se propuso, excepto en lo de las mujeres. Aunque en esto no se comportó como antaño, como el tipo de ciudad que arriba a lo rural creyéndose héroe sólo por no estar allí a diario, permitiéndose cansar a las vecinas que buscan algo ajeno a lo habitual. No, no fue así, así que él no considera, ahora de vuelta a la gran ciudad, que capitulase.

La primera noche, porque los de fuera llegan de noche, o se dejan ver con las estrellas, son así de chulos, poso en ella sus ojos y todos sus planes de mantenerse al margen de musas con falda y preciosos zapatos de tacón se fueron al carajo. Pero no olvidó el discurso que se dijo ante el espejo, y habló con ella. Podrían haberse encamado esa primera noche, pero él dejó claro (iluso, probablemente fuera ella la que tenía capacidad de decisión) que no era eso lo que buscaba. Que besar, hablar, reír y conocerse en otro terreno que no fueran sábanas era un fin mayor. Ella, sorprendida pero a la defensiva, porque le conoce desde época púber, porque sabe de lo que él es capaz cuando se cree más de lo que es, no atinaba a decir esta boca es mía. Él, verborreico por el ron y por realizarse verbalizando, no quiso convencerla, sólo la beso, le habló, provocó su risa y le dio pie a conocerse de veras.

Y pasó una semana, de besos y miradas y buscarse en la plaza y en los bares, de repasarse cuellos, tirarse del pelo y jugar al cíclope, de cafés solos o en compañía, de qué más da el qué dirán, con lo que eso importa en los pueblos, mala costumbre. Y lo pasó mejor de lo que se propuso, porque fue fiel a su ideario y fue, por fin, el que quería ser, en el pueblo y en todas partes. Y ahora, en la capital, recuerda la semana con una sonrisa y el orgullo del que se reconoce y se alegra.

Ella se quedó allí, como siempre. Pero, cree él, ella descubrió facetas de él que antes no imaginaba, así que sí, se quedó, pero no como siempre. Se quedó pensando que algo en él había cambiado y que sólo podía ser bueno, porque la trataron como se merecía, como reina que es. Él no quiere coronarse, rechaza papeles de monarca, sólo quiso no engañarse. Objetivo cumplido, semana pasada, sexo lleno de mucho más que sexo, y la vida sigue, pero ahora le gusta más, la vida y sus locuras, que ya no son tantas, porque las locuras no tienen sentido, y él ha puesto todo su ímpetu en darle sentido a esos siete días largos, con sus siete noches cortas.

Y volverá al pueblo, con más ganas que nunca, aunque sólo sea porque por fin ha hecho allí las cosas bien y no ha dejado heridos en el campo de batalla, no amigos despechados que luego le perdonarán sin coste alguno, porque son así de excelentes, ni mujeres enfadadas por desprecio mostrado, ni familia pensando que es un descastado, ni él en el coche, de regreso a su rutina de asfalto, pensando "otra vez, lo he vuelto a hacer", mirando por la ventanilla con el arrepentimiento en los ojos. Esta vez retornó sin que el recuerdo le doliera.

miércoles, 13 de abril de 2011

El príncipe mediocre

Nació hijo de monarca, pero se dijo que no quería ser como él. Tal vez, y en todo caso, como su madre, plebeya que con la fuerza de la belleza y la virtud le descubrió al rey que casarse por reglas protocolarias, negándose el amor, sería quizá el error más grande que le quedaba por cometer. El soberano cambió la costumbre y la ley y contrajo matrimonio con aquella mujer poco digna del trono y tan digna de todo lo demás. Y así nació él, fruto del cariño y de la transgresión de normas establecidas.

El rey, ocupado en labores de Estado y diplomacia, dejó a su reina el cuidado del retoño. Pronto nació otro, que sin ser primogénito recibió las mismas atenciones que el mayor. La diferencia de edad era tan minúscula que también la madre se decantó por obligaciones sociales, confiando en que los dos hermanos se entretendrían juntos, sin la necesidad de unos padres infantilizados por el nacimiento de la prole. La nana hizo su trabajo, que no consiste en jugar, sino en cuidar, educar y ver crecer. Así que los dos infantes descubrieron el mundo a la par, en juegos y bromas y pruebas que no necesitaban más que de dos participantes.

El primogénito creyó que no quería ser como el padre. Se veía más en el rostro y las formas de su madre, se reconocía más sensible que cabal, con los años su discurso versaba más sobre el corazón que sobre la razón. Incluso rechazó la vestimenta propia de un príncipe heredero, decantándose más por ropas de lacayo. El hermano menor, en cambio, ni pensó en como quería ser ni se propuso alcanzar unas u otras cotas. Sin saberlo, aceptaba su condición, se engalanaba sin problemas, acudía a las fiestas en otros palacios y hablaba y se movía como se esperaba de alguien de su linaje. Y no se lo proponía.

El hijo mayor viajó, ocultando su cuna. Conoció mujeres, a las que contaba que él tenía talento para pintar, pero que no exponía, ni se lo planteaba, el éxito le daba igual, estaba por encima del reconocimiento. Entabló grandes charlas con gentes de toda edad y procedencia, se decía amante de la vida, perseguidor de amores ciertos y un absoluto despreocupado por la imagen y el protocolo.

El menor aprendió lo que de él se esperaba desde que sólo era feto. Asumió su papel sin plantearse otro, alcanzó las metas que le marcaba su destino, se casó con la mujer que entendió que amaba y le correspondía e hizo crecer la familia en una nueva generación. Decían que se parecía en todo, genotipo y fenotipo de la mano, a su padre. Él no le daba importancia, realizaba sus labores diplomáticas lo mejor que sabía y comprobando que era ducho en ello. Él, simplemente, era.

El mayor regresó de sus viajes, se mudó a barrios pobres, convivió con gentes que le atraían por ser tan diferentes a él y, a la vez, tan prósperos. Pintaba poco, pero aquellos que veían sus cuadros sabían reconocer su talento. Pero seguía sin exponer. Y seguía sin encontrar el amor y sin saber muy bien cómo vivir esa vida que él encontraba tan apasionante y llena de aventuras, de dichas y desdichas, de encontronazos y descubrimientos.

Cuando el menor se disponía a heredar el trono, el mayor se encontraba en el Perú visitando chamanes.

Fue entonces cuando uno le dijo "has de ser mediocre, has de dejar de formular lo bonito del amor y del talento. Lo único que tienes que hacer es amar y pintar, sin hablar de ello, sin vivir por ello, sin creerte bueno en ello. Porque tal vez no lo seas, tal vez seas uno más, y eso, mi buen amigo extranjero, debería darte igual. Debes ser como el profeta, que para serlo tuvo que encontrar a un sabio que le negase su condición de profeta. Sólo cuando creyó que no era el elegido, realizó las labores propias de un visionario".

Volvió a la corte, lleno de dudas, sumido en una depresión incomprensible, él que lo tenía todo y que siempre se había creído superior a lo material, él que despreciaba el intelectualismo puro y abogaba por el más romántico proceder, él no era feliz.

Peleó sin saberlo con lo heredado de su padre y lo añorado de su madre, dos polos en una sola cabeza. Cuando dejó las armas y buscó la reconciliación de sus dos fuentes de genes, se conoció, se aceptó y olvidó el significado de la palabra frustración, que no había pronunciado en su vida porque se creía incapaz de serlo, con tantas dotes que tenía. Cuando se vio mediocre, sólo pudo escalar. Hoy, en la más alta de las cumbres, mira abajo y reconoce sus huellas en la trocha. Antes, miraba desde arriba sin saber cómo había subido hasta allí, porque en realidad no había ascendido, se había plantado sin más en una altura donde la falta de oxigeno le hacía irrespirable su existencia.

Empezó a ponerse ropas que antes denigraba, cuando se creía ajeno a las modas y en realidad era representante de una. Pintó ocho horas al día, algunas obras eran buenas, otras no tanto, pero buscó y bregó con exhibidores. Quiso, y le costó tiempo, cumplir con sus funciones de hijo y hermano de monarca. Sólo cuando pudo comprobar que ni era el mejor pintor ni falta que le hacía, sólo cuando se dio de bruces contra la realidad y se vio reflejado en un espejo de mundanidad, descubrió que había sido toda la vida un insatisfecho, embobado como estaba en la consecución de altas cotas que sólo él se había propuesto en un intento de idealizarse.

Y, por supuesto, cuando dejó de imaginarse el amor como el mayor de los triunfos a los que un hombre puede aspirar, la encontró a ella.

Cuando se encontró a un amigo de la infancia, éste no le reconoció. Quiso incluso burlarse de él por el cambio, pero se encontró con que el príncipe era el primero en mofarse de sí mismo.

Le salvó intentar ser mediocre, dejar de querer, y ponerse a hacer, sin temor al fracaso, obviando que, aunque no fuese el mejor pintor, ponerse a pintar con constancia era lo único que necesitaba para colmar sus deseos de ser. Y fue.

miércoles, 6 de abril de 2011

No es siglo para románticos

¿Se puede ser romántico y no tener objeto de deseo?

Se puede.

Años de inconsciente experiencia me dicen que sí, que soy un romántico y que no, no tengo objeto de deseo. No hablo del deseo carnal, hablo del deseo más puro, del querer algo hasta la extenuación, de cristalizar (Stendhal, por siempre), de dormirme despierto pensando en ese objeto de deseo, llámese mujer, llámese pasión por el arte, llámese un coche de tropecientos caballos.

Pero ¿y cómo se puede?

Y yo qué sé. Soy demasiado inocente y tengo poco bagaje empírico como para responder a semejante pregunta. Me enseñaron inglés siendo yo tan pequeño que soy incapaz de explicar reglas gramaticales, pero hablo en el idioma universal por los codos, y correctamente. Es decir, no sé porqué en inglés una expresión es de una manera y no de otra, pero sé que es así. Carezco de teoría, pero la práctica me dice que la aplico bien. Lo mismo me pasa en este caso del amor, en singular. Se puede ser un romántico sin objeto de deseo porque me pasa, pero no sé más.

Hoy me han preguntado, un psicólogo, claro, cuando fue la última vez que amé. Digo yo que de Paula estuve enamorado, pero si lo comparo con ese amor platónico que fue Eva en la adolescencia, simplemente no, no he amado a nadie más, no de esa manera (no hay dos amores iguales, todo sea dicho). A Eva la idolatré, cristalice su imagen (carajo, Stendhal, dónde has estado todos estos años), perfeccioné sus rasgos y aptitudes antes de acostarme y en el desayuno. Y me acostaba solo y el desayuno lo compartía con mi hermano, ella estaba a kilómetros pero yo la sentía tan dentro de mi cabeza y de mis entrañas que nunca estaba solo.

Paula se trabajó nuestro amor, fue ella la que puso el empeño y la que me hizo admirarla, no fueron mis sienes ni mis genes rebelándose en soledad. Fue un amor maduro, supongo, si es que eso existe, y fue un amor correspondido. Eva fue un amor adolescente, como creo que lo son todos, tengamos la edad que tengamos, y nunca supe hacer para que me correspondiera, nunca pasé la fase de admiración y primera cristalización, en esa descripción sagaz que hace el francés al que descubro tan tarde, pero a tiempo.

Así que digamos que el amor platónico por Eva fue, por ser platónico, el amor que me hizo insomne y que no he vuelto a experimentar. Y de eso hace ya más de una década, qué mayor dice mi DNI que soy, qué infantil me siento. Entonces, una década sin amar como explican el verbo los románticos de hace dos siglos. ¿Es posible, aun así, reconocerse romántico?

Sí, y frustrado, claro.

¿Y por qué sonríes si lo que escribes termina reconociendo frustración?

Estamos en las mismas, hay cosas que sé, pero desconozco sus razones y reglas.
Soy un romántico sin objeto de deseo. Y me carcajeo al teclearlo en este ordenador que parece cansado de recoger tantas locuras, insensateces, maravillas que me caracterizan y en las que me reconozco.

Quiero despojarme de esos amor-placer que he visto y tocado y zambullirme algún día en ese amor-pasión que casi ni el mismo Stendhal, categorizador del sentimiento, supo tener.

Supo tener... y es que eso, de nuevo, no se sabe. Se tiene, se siente, se hunde uno en el amor-pasión sin que su voluntad pueda decir esta boca es mía. Por eso quiero embriagarme en él, como cuando tenía 15 años y Eva se me antojaba la excelencia.

P.D.: no suelo recomendar libros, pero si algín día os dais de bruces contra 'Del Amor', de Stendhal y prologado por Ortega, y si además os reconocéis emocionales, agarradlo, devoradlo, dejaos llevar por su ironía.

viernes, 14 de enero de 2011

Casi me olvido

¿Qué haces? No, no me mires. ¿No te das cuenta? No puedes mirarme así. Y mucho menos volverte a los tres tremendos segundos, girando el cuello, regalándome pupila y encima sonriendo con indolencia.

Te llamaría incauta, pero no doy ningún miedo ni me acompaña el atractivo del peligro, así que ni muerdo ni me relamo, me quedo ahí, primero sorprendido por ese primer cruce de miradas, dos que caminan en direcciones opuestas y se van mirando, y se van mirando, y sus caminos convergen y sus hombros parecen imanes, pero los cuatro pies siguen dando pasos, los ojos de uno se quedan sin la pareja cómplice del otro, y luego ya desbordado cuando a los tres pasos me digo qué coño y me doy la vuelta y miro como caminas, y cómo caminas, y tú te giras y me cazas y sonríes. Y yo debo poner esa cara de tonto, del que sufre un desengaño bonito, y tú vuelves la cabeza, reanudas tu marcha, y yo contemplo tu melena como telón.

Por supuesto, no me muevo. Voy hablando por el móvil y el interlocutor no para de preguntar mi nombre. Me he quedado en silencio sin siquiera darme cuenta. Tú has secuestrado mis sentidos, que vuelven liberándose mientras te alejas.

Tendría que haberme disculpado y colgar el maldito móvil, no hay artilugio con mayores posibilidades de convertirse en inoportuno, acercarme y exponerte que el hecho de sonreírme así se merece una explicación, con mucha zalamería y dispuesto a todo, tanto a la peor de las excusas como a la más rica de las cervezas.
Pero recupero la conversación inalámbrica, suspiro cada paso que das, con tu culo diciéndome hasta nunca, te veo doblar una esquina y es en este momento cuando mi ego defiende que lo has vuelto a hacer, has dejado que tus ojos me buscasen, ya tan lejos, justo antes de desaparecer.

Me despido en el móvil, cierro la tapa con probablemente poco estilo, recupero el camino a casa. Ronroneo con el ego acariciado, hacía tiempo que no alimentaba al bicho.

martes, 11 de enero de 2011

Folletines

Como cualquier otro día, tardó casi una hora en levantarse desde que se despertó. Se enfundó las babuchas, se preparó el café de rigor, que últimamente siempre le quedaba con posos, y repasó los correos electrónicos antes de ponerse a trabajar mientras fumaba el primero de muchos cigarrillos. Uno de esos correos le alcanzó bajo la línea de flotación de su ánimo, que era, hasta ese momento, como el de cualquier otra mañana, bueno, sin grandes expectativas y, por lo tanto, sin grandes decepciones. Pero esta vez la bandeja de entrada de Hotmail escondía una crisis. Su último escrito no iba a ser publicado en la revista, le pedían una serie de cambios para una posible inclusión en un número venidero de la revista, y la frase final del editor era "Tenemos que meterle mano para que no se quede en un simple folletín". Había estado trabajando en el relato durante dos meses y sólo había parido un maldito folletín. Se quemó los labios al beber de nuevo de la taza, se levantó y se paseó por la casa, apartó al gato de su camino con un toque con la puntera del pie y volvió a sentarse. Abrió el relato, lo releyó. Sí, era un folletín. Abrió un nuevo documento de Word, copió y pegó el título del relato y dejó el cursor parpadeando indolente en sus narices. Se quedó allí hasta que se fumó un nuevo cigarro. Decidió pegarse una ducha.

Con la toalla por la cintura y el pelo húmedo, le llamaron al móvil. Se enteró por un tercero de que su mejor amigo finalmente se casaba, y que quería hacerlo en plan privado en Bilbao. Santi llamaba para ver si él tenía intención de ir a Bilbao. Respondió que no, que ahora mismo no estaba de humor, que no entendía nada y que si su amigo le quería tener en la más absoluta oscuridad en lo que respecta a su boda, así sea. Colgó, se secó el pelo, se sentó de nuevo al ordenador, borró el título, y esta vez no dejó que el cursor parpadeara tranquilo ni un segundo. Escribió durante cuatro horas seguidas, llenó un cenicero, preparó más café, olvidó dar de comer al gato.

Esta vez el escrito no tenía nada que ver con el folletín. Tampoco era un relato, la verdad. Era más un ensayo. "La rutina del cambio", se llamaba. Muy rimbombante, sí. Iba a cambiarlo cuando miró la hora. Llegaba tarde. Guardó el relato, o el ensayo, o lo que carajo fuera aquello, se metió en unos pantalones y en una camiseta que no olía a sucio, bajó las escaleras de dos en dos, saltó dentro del autobús y sólo entonces si dio cuenta de que se había olvidado el móvil en el lavabo.

Se fue a comer a casa de sus padres, donde entró en pocas conversaciones y empleó pocas frases subordinadas. Su madre se extrañó, le notaba raro. Él contestaba que no le pasaba nada, que tenía muchas cosas en la cabeza y que tenía un encargo de la revista que le estaba dando mucho la lata, pero que todo iba bien. No mencionó la llamada de Santi, ni la frase del editor, ni la pena brutal que le subía desde sus zapatillas roídas hasta el pelo desmadejado. El padre quiso saber cuando volvían a publicarle en la revista (guardaba todo lo que su hijo había sacado al mercado) y él mintió diciendo que, para ese número, había pedido no salir puesto que estaba trabajando en un relato que le iba a ocupar mucho tiempo. Salió de nuevo a la calle con el postre aún en la garganta y decidió volver andando a casa. Ya no había prisa.

Tenía cuatro llamadas perdidas, todas ella de ese supuesto amigo que se casaba. Se tiró en el sofá, marcó el número de su amigo. Le saltó el buzón de voz. El gato se le subió encima, pegándole la coronilla a la nariz, buscando caricias. Él apartó al animal de un manotazo, luego le pidió perdón tierno, le puso una de sus latas preferidas y volvió al ordenador. Releyó el ensayo. Se lo envió a su amigo, el que se quería casar en secreto, qué estupidez, y a su editor le mandó un mail pidiéndole explicaciones por decidir casarse así.

El resto de la tarde miró por la ventana, se fumó el paquete entero de tabaco, vio una peli a la que no atendió ni cuando el giro final pedía a gritos un brinco en el sofá, y miró el móvil cada diez minutos esperando una vibración.

Sólo cuando se fue a la cama se dio cuenta del error al enviar los mails. Pero no movió un músculo, se quedó allí sepultado bajo el edredón fino y se durmió pensando en Santi borracho estropeando la boda.

A la mañana siguiente el editor le contestó. Decía que esa idea le parecía genial, mucho mejor que la del folletín. "Lo epistolar ya no se lleva, y creo que lo has clavado. Mándame el resto cuando puedas, la respuesta del amigo, la réplica del despechado, todo eso".

De su amigo no volvió a saber nada hasta que un después se cruzó con la novia, ahora esposa. Ella hizo como que no le veía. Fue él el que llamó su atención. Antes de despedirse al minuto y medio, ella le dijo "No te perdona que no fueses a la boda, y menos que le mandases aquello que estaba tan bien escrito y que eran tan demoledor". A él se le pasó por la cabeza la idea de reconocer el error, de resolver el malentendido. Pero se calló, vio como se alejaba ella, pasando por un kiosko en el que, en un lugar destacado, estaba la revista, con su colaboración. Nunca ningún amigo suyo se había dignado a comprarla.

viernes, 7 de enero de 2011

Alberto, bufón

Alberto es el hijo menor de Juana y Mariano. Estudió filosofía, ha recorrido Oceanía, rompió con dos novias, se emancipó con una de ellas y luego, cuando volvió a estar solo, ya no volvió al nido, se buscó la vida. Trabajó de lo que le salía hasta que se colocó en un buen trabajo, buen sueldo, buena empresa. No le aportaba nada, mucha oficina y mucho cargo en la compañía, pero ser joven y conformista es algo que Alberto, iluso, se negaba a creer una combinación posible. Aguantó tres años. Este último año ha malvivido con el paro, con una sonrisa y sin responsabilidades, dispuesto a encontrarse a sí mismo. Pero eso es otra historia.

Cada fin de semana, como hacen muchas familias, se juntan todos, e incluso más, en casa de los padres. Hugo, el mayor, con la novia. Los primos. Los tíos. A veces un novio de una prima o un ligue de una tía. Y Alberto, claro.

Siempre que va a comer a casa de sus padres sabiendo que estará todo el círculo, Alberto se perjura antes para no abrir demasiado la boca, para mantenerse al margen en las discusiones en las que se arregla desde el cambio climático hasta la ley Sinde, para no teorizar sobre wikileaks ni sobre facebook. Es posible, alguna vez se ha dado, que el tema tratado sea más conocido para Alberto, por la teoría o por la práctica, pero da igual, su aportación será convertida en tierno momento de mofa para deleite familiar. Es el menor, el gracioso, el que hacía striptease canturreando Tina Turner cuando tenía ocho años y le grababan en vídeo, el que habla deprisa cuando le emociona el tema, el que no puede ser experto en nada porque aún tiene cara de niño. Que se especializase en filosofía del cine no hace, en ese contexto, más valiosas sus opiniones cinéfilas. A ojos de los que le doblan la edad, sólo es un friki amante de Stallone, qué otra cosa iba a ser el que se vestía de sheriff a los ocho años y detenía al abuelo. Su dominio de Internet, por sus trabajos y su propia afición, no le dan más legitimidad a sus comentarios sobre la red 2.0, el fenómeno facebook o la destrucción del anacrónico papel de los medios de comunicación como grandes creadores de opinión. No, lo que él aporte en las discusiones entre lonchitas de ibérico y una paella a la que el arroz puede que le haya quedado duro, no es lo habitual, nunca, nunca, será tenido en cuenta con la misma trascendencia que si viniera de otra boca, de otra infancia compartida, de otros errores antiguos demasiado conocidos. Si Hugo opina, es más que posible que tenga razón. Si el primo médico juzga, será porque tiene base para hacerlo. Si el padre abogado sentencia, no es por otra cosa que por su brutal saber adquirido a lo largo de los años. Pero Alberto... no ha llegado a los treinta, dice las cosas de esa manera tan divertida y lo vive tanto que cómo tomarle en serio. Que lo que diga en realidad sea cierto no es relevante, es más cómico para todos parodiar sus razonamientos.

Por eso, cada vez que va a comer a la casa en la que se crió, se mira al espejo y se promete no entrar en conversaciones que no sean banales, responder monosilábicamente cuando menten su nombre, y hablar de la comida y del tiempo con el mismo entusiasmo que le pondría a resolver una integral.

Pero no funciona. Porque Alberto es así. Y si le preguntan por algo que le llena, aún sabiendo que a los dos minutos lo que diga será carcajeado en la mesa, entra al trapo. Opina sobre pelis. Conjetura sobre wikileaks. Hace de abogado del diablo con los controladores aéreos... Y cuando se va a su casa a las horas, siempre, sin excepción, se queda con la sensación de ser el jodido payaso triste, el bufón de una corte que terminará echando de menos.

En cualquier otro ambiente, habla y debate, sabiendo que su palabra vale tanto como la del de enfrente, aunque éste tenga más años y más estudios. Y aprenderá, cambiará posturas, madurará. Y tendrá más conocimientos. Y cuando los ponga en evidencia en las comidas familiares, serán tirados abajo con una sola técnica: infantilizar al orador, total, es sobrino, es hijo, es primo. Ninguno de esos títulos los ha creado él, los papeles en la obra ya se habían repartido y hay representación todos los fines de semana en casa de los padres.

Nada va a cambiar. Alberto lo sabe, se resigna, se enfunda en el gorro de cuatro puntas con cascabeles, se pinta la sonrisa y proclama su discurso dispuesto a la risa, ajena, claro.