viernes, 4 de diciembre de 2009

El oasis catalán y por fin una peli

21/11/09

Nos levantamos acompañados de un dolor de cabeza que sólo me quiere a mí. Nos bajamos al desayuno y nos ponemos hasta el culo: huevos revueltos, una salchicha enana, tres tostadas con mantequilla y mermelada de mango, medio tomate frito y jodidos frijoles hechos puré que ni olemos. Y a la piscina un ratejo, a sentirnos marqueses.

Hablo con el dueño, un cuarentón delgadete de ojos azules que responde a Ramón. Lidia es su mujer y ambos son catalanes. Están en Nicaragua desde hace cinco años y tienen el hotel desde hace tres y medio. Le piropeo el negocio, porque es para cantar sus bondades. Y hago cálculos mentales. Tendrá unos 15 empleados, que si son pagados más o menos como Mula y Pico, y sumándole gasto de luz, cloro, comida para desayunos, Internet, etcétera, calculo que son 5.000 dólares de gastos mensuales. Llenar un día el hotel (14 habitaciones, precio medio de 80 dólares la habitación) son unos 1120 dólares. Un fin de semana con todas las habitaciones reservadas, como es el caso de este finde, son 3360 dólares. Con dos fines de semana al mes amortizas gastos, y son sólo seis días de un mes. Si Nicaragua me enamorase y tuviera con quién montar algo así, no parece impensable hacerlo. Pero Nicaragua no me engancha, y lo otro está claro.

De vuelta a la habitación leo un correo de Mamen tremendo. Sí, señora, prima, no sólo lo bordas escribiendo sino que estás creciendo por segundos. Orgullo genético.
Nos vamos a comer y por el olfato decidimos que El Zaguán es un buen sitio. Carne a la parrilla, pero carne de verdad, tal vez de Argentina, deshaciéndose en la boca y haciendo que en toda la comida no abramos la boca ninguno de los dos más que para engullir. Y postre, y cafés, que es nuestro fin de y no se le dice no a nada. Y de vuelta al hotel, que el plan de hoy es que no hay planes y que nos busquen, que está claro dónde estaremos y haciendo qué.

Entre otras muchas cosas que no me dejan contar aquí, nos echamos un póker online con el poco dinero que me quedaba en la cuenta de la web de póker, y ganamos, ahora tengo más dinero, y Klara aplaca sus ganas diarias de jugar a algo. Nos echamos una siesta de tres horas, despertándonos a las diez de la noche sedientos, por lo que salimos casi corriendo a la venta cercana a por refrescos para sobrevivir unas horas más de absoluta inactividad, porque nosotros los valemos. Y ponemos la tele y encontramos los diez últimos minutos de Cloverfield (Monstruoso, producida por JJ Abrahams y rodada al estilo de El Proyecto de la Bruja de Blair o, mucho mejor, dónde va a parar, REC, pero Cloverfield tiene pinta de ser bastante mediocre por el final) y el arranque de Inside Man (El Plan Perfecto, de Spike Lee, con Clive Owen ejecutando un plan brillante para robar un banco y Denzel Washington intentando desbaratarlo… esta peli la comenté con Pete cuando hablábamos de Spike Lee). De repente soy consciente de lo mucho que echo de menos el cine. Y por supuesto, es una peli nueva cuando la ves en versión original, grande Denzel, grande Clive, que recordemos que se pronuncia Claif. Nada como una película viéndola desde la cama y con una piel suave a tu lado. Nos tragamos hasta los títulos de crédito por el mono de celuloide que tenemos.

El Hospital Japón y un lujo que puedo y quiero permitirme

20/11/09

A las seis estoy en pie y hoy es mi primer viernes como encargado de la basura, así que me toca esperar a que Alemán y su socio lleguen con su carro para llevarse nuestra inmundicia. Pete, Klara, Eider y Mitch se van para la obra (Ben está en Managua, el cabrón) y la doña le dice a Ale que Ana María se ha despertado con el mismo dolor. Y no hay más vuelta de hoja: al Hospital Japón. Lau se ofrece para acompañarle, y yo, que gusto de meter la nariz en las cosas nuevas para enterarme, digo que me apunto también, si Alemán vuelve a tiempo con la basura, que ya la ha recogido de la puerta principal, a donde la llevé de buena mañana con la inestimable ayuda de Eider y Cata. La doña avisa a Ale de que en el despacho de la abogado que lleva los traites de la ONG ha llegado un paquete, que quién sabe si son las medicinas preciadas.

Justo antes de que Lau llame al taxi (el móvil de Bea finalmente ha recaído en las manos de la fotógrafa, bien por ella, que encima tiene saldo todavía y realmente va a ser útil tener un celular) para que vengan a por nosotros y la enferma, llegan Alemán and company en su carro, con los contenedores ya vacíos. Así que los devuelvo a su lugar, dos para cada casa de voluntarios, engancho los recipientes de la comida para bajarlos raudo a la mujer que nos prepara el gallopinto diario, y corriendo de vuelta para llegar antes que el taxi. En la obra le digo a Eider que si viene el médico de Granada, que hoy es viernes y le tocaría, pero quién sabe, que le abra la consulta Angélica, que tiene llave, porque Ale se tiene que ir al hospital. Me cruzo también con Pico y con Mula y les digo que me voy para Granada con Ale que tiene una urgencia y hay que ir al hospital. Pico, sin mirarme, murmura "¿qué pasa, se está muriendo?", y justo esboza una sonrisa al final de la pregunta, de esas de las que parece que le cuesta articular, como si tuviera muertos los músculos de la boca. Le digo que qué cabrón y le pego un puñetazo ligero en el hombro, a lo que responde ya con una sonrisa de verdad, de las que en verdad le vemos pocas. No quiere que me escaquee, pero esto no es un escaqueo, jefe, aunque yo no pueda hacer gran cosa en el hospital, pero mi motivación es acompañar a Ale y conocer el sistema sanitario de este país. La educación y la sanidad son un gran referente para enterarse de cómo están las cosas, o así lo creo.

Llego con tiempo de sobra, andando rápido por el camino. Me cruzo con el maldito Guayo, que de espaldas a mí y en bici, hablando con una vecina, no necesita girar la cabeza para decir "hola, Julio". ¿Será por el olor? ¿Será por mi forma de pisar? Sea como fuere, el cabrón tiene un ojo en la nuca y me reconoce sin mirarme. Esperando frente a la venta de Chilo, Ale me comenta que el dolor es el mismo y que está convencido de su diagnóstico previo. Y ya llega Ernesto, el amigo Ernesto, en su Hyundai pequeñito y rojo con una gran pegatina del rostro ensangrentado de Cristo en el capó. La enferma delante, Lau encima de Ale, yo al lado, y al otro lado Chilo, con la preocupación de una madre dibujada en la cara y sin dejar de mirar por la ventana para ver algo cien veces visto por los ojos oscuros de esta flaca y dentuda mujer. Ernesto nos comenta que ha tenido el coche en el taller, problemas de motor, que por eso no le hemos visto últimamente, y que intentará ir todo lo suave que pueda por los baches del camino para que la enferma no se resienta. La niña va totalmente encorvada sobre su estómago, pero sin decir ni un solo ay, sólo mostrando dolor en la expresión de su cara, los ojos apretados y la boca semiabierta.

En el camino nos cruzamos con Ben, que sube andando hacia la casa de voluntarios mochila al hombro. Su plan era quedarse en Managua para el concierto y luego ir directo a León donde se juntaría con Vanessa y Reanne. Me pregunto qué le puede haber hecho cambiar de planes a este hombre al que siempre le pasan las cosas más impensables. Nos ha sonreído cuando nos hemos cruzado, así que no le habrá pasado nada malo, pero quién sabe.

El Hospital Amistad Japón - Nicaragua está a las afueras de Granada y es una donación del gobierno nipón, como también lo es la escuela de La Prusia. La sanidad en Nicaragua es totalmente pública, pero ni de lejos tiene los mismos gastos que la sanidad española. Está construido, como todo aquí, a lo largo, nada de a lo alto, que debe resultar mucho más caro. El hospital se comprende de varios patios vecinos, como corralas. Los jardines del centro sirven de salas de espera y las consultas, rayos, urgencias, neonatos, UCI y demás son las salas que quedan en los soportales de los patios. Serán un total de cuatro patios, formando un gran cuadrado dividido. En recepción Ale hace algo que no le gusta hacer: "hola, soy médico y...". Nos pasan a Urgencias 1, donde una médico afable entabla conversación con Ale mientras le pone suero a la chica y le da la misma medicación que le dio Ale ayer, que por supuesto acertó en su diagnóstico. Entran los dos con la niña a la sala de urgencias y Lau y yo aprovechamos para dar una vuelta. Vemos sillas de ruedas que no son más que una silla de plástico blanco, de las de terraza de bar, anclada a unas ruedas. Nos alejamos hacia el bar del hospital, que es un chiringito en el exterior y que está al lado de toda una unidad nueva que están construyendo. Ale se nos va en unos días y Lau lo lamenta, que han hecho muy buenas migas. Le digo que sí, que es una mierda, pero que por suerte la peña me está resultando más interesante y amistosa de lo que yo creía en un principio. Que quitando a Haley (por víbora enmascarada), a Eli (por creerse prusiana y sigue y seguirá siendo siempre de España) y a Eva (por chiflada que gusta de despertarse y salir al porche de la doña, porque allí sigue, en bragas, camiseta y deportivas y la imagen es de todo menos suculenta para un madrugón), el resto de la gente me está aportando grandes cosas. Ella no dice nada a este comentario, supongo que porque no coincide conmigo y metería a más personas en ese carro de non gratos para ella, que es frívola a la hora de decidir quién le cae mal y por qué motivo.

Dos cocacolas y un perrito después (perrito caliente porque se parece a la polla de un perro cachondo, lo acabo de concluir y aún así me lo he comido), volvemos al patio donde está ubicado urgencias. Allí están Ale y la médico de charla, ella comentándole que le gustaría trabajar en España. Está de guardia y nos habla de la manifestación que habrá mañana en Managua. A la una, el gobierno hace un multitudinario pasacalles para celebrar la "victoria del pueblo gracias a Ortega", pero la oposición esta vez no se va a quedar callada y tomará las calles de la ciudad a las nueve de la mañana, para que no se encuentren las dos ideologías y pase lo previsible, y para clamar al cielo contra el fraude de las últimas elecciones y contra la relección ilegal del presidente (ilegal porque para reformar lo que dice la Constitución sólo es competente el Tribunal Constitucional, no los jueces ordinarios que están a sueldo de Ortega). En cuanto se entera de que soy periodista, me insta a ir, que la prensa internacional debe hacerse eco de lo que está pasando aquí, y que si no fuera por su guardia, ella iría, a la de las nueve de la mañana, claro. Lau acaba de decidir que ella va a ir. Yo no. Yo me quedo en un hotel de Granada, con un conflicto moral apagándose sobre mi cabeza gracias al sentido común. Concluyo que no es viable infiltrarme en una manifestación como esa sin tener ni pajolera idea de qué está pasando en este país. Que lo suyo sería haberme enterado con más tiempo, contactar con la Asociación de la Prensa de Managua, que la habrá, venderme como un periodista español freelance y conseguir el apoyo de los periodistas locales. Así es como deben hacerse las cosas, que aquí de momento sigo siendo un gringo que se entera de poco. Pero Lau está decidida, y la digo que con dos cojones, como debe ser.

La médico le cuenta a Ale que si se fuera a trabajar a España probablemente le homologarían el título pero sin el MIR, y Ale le dice que no pasa nada, que así puede trabajar en España mientras se saca el MIR. Ella le dice que aquí está cobrando 500 dólares al mes, que es la mitad del sueldo mínimo español, y es médico titular, ni residente ni ostias. Con eso vives bien aquí, pero sólo aquí, y olvídate de viajar.
Y le lleva a ver la UCI, y nosotros detrás. Neonatos, cirugía y la UCI están separados del resto del hospital por una reja de la que cuelgan los brazos de los familiares y de los enfermos, que así hablan. Un guardia abre y cierra la puerta para los médicos y evita que los familiares intenten meterse. Da la impresión de una cárcel, pero sólo es un hospital de un país que no conozco.

En maternidad hay ocho camas por habitación, y cuando se saturan colocan a dos madres recién paridas por cama. Se abre la puerta de Rayos X justo cuando paso delante y me fijo en que la maquinaria es similar a la de España, aunque más escasa, y que en la pared hay desconchones y manchas de humedad y el mobiliario es de escuela. No paso por delante de más puertas con Rayos X escrito en ella, no porque no estén de camino, sino porque no las hay.

Nos quedamos en la puerta de la UCI esperando a que salga Ale. Hablamos Lau y yo de la manifestación, de que sí, que va a ir, con cuidado y deportivas por si hay que correr, pero va a ir. Le digo que cuidadito en el autobús, que se lleve el móvil, y que me parece la polla su determinación. Ole con la santanderina, que me pide que le busque cuando llegue al hotel los teléfonos de El País, Público, El Mundo y la agencia EFE.

Salen Ale y la médico que ahora nos enseña neonatos, donde realmente y por primera vez huele a hospital, y pasamos por pediatría, donde nos dice que la mayor parte de los ingresados son por infecciones, que ninguna madre obliga a su hijo a lavarse las manos, y éstos gustan de andar por el suelo a cuatro patas y luego la manaza a la boca, y que así no hay manera. Por todas partes hay murales y carteles recordando los beneficios de la leche materna, y me sorprende porque nunca diría que en un país como Nicaragua el biberón fuera una opción a la gratuita teta.

Ale me dice que ha flipado con la UCI, que es de todo menos aséptica. Que sólo tienen un intubador y que no ha podido evitar la pregunta de ¿y cuándo os vienen dos que necesitan intubar? La médico, casi sorprendida por la pregunta, responde lacónica: elegimos. Cuando no hay medios suficientes, sólo quedar jugar a ser Dios. Cual emperador romano.

Nos sentamos frente a la sala de urgencias donde está Ana María y en esas llega un preso esposado y con escolta. Cojea un poco y Lau intenta tirarle una foto disimuladamente, pero qué difícil es encuadrar cuando intentas que no se note que estás en ello.

Sale Ana María con una gasa en el brazo tapando el pinchazo del suero, con mejor cara y andando ya recta. Nos despedimos de la simpático médico, Ale le dice que en el ordenador de la clínica del proyecto tiene todo el temario de la CTO y que se lo puede grabar en un USB para cuando quiera, que le vendrá muy bien si va a ir a España.

Llamamos a Ernesto de nuevo y le instamos para que haga una parada rápida donde la abogada. Serán o no serán los medicamentos… ahora lo sabremos. Pues va a ser que no. Es un sobre pequeño. Es para Klara. Chocolate, sus gafas y un libro, deducimos por el tacto y por lo que pone en la etiqueta de la compañía de transportes. La remitente lo envío el 20 de octubre. Bien, va rápido la cosa. Por supuesto, la dirección va escrita por cuadras: "Despacho de María Auxiliadora Fernández, junto a Tres Mundos, a tres cuadras al oeste del Parque Central". E increíblemente funciona para orientar al cartero.

Volviendo en el taxi nos cruzamos con Cruz, ese que se cree muy chulo y sólo es un niñato ladrón. Le saludo por la ventana y me mira con cara rara desde su bici. No le doy importancia, simplemente es gilipollas. Dejamos a Chilo y a su convaleciente hija, a la que no le han hecho ni una radiografía y sólo le han recetado los medicamentos que ya le dio Ale, Buscapina y Omeprazol, y para la casa.

Han desaparecido unas zapatillas que Lau le iba a regalar a una mujer del camino y las botas de montaña de Ale. Entre que bajamos nosotros y subió Ben debieron pasar unos 30 minutos, que es el tiempo que el ladrón ha tenido. Y nos hemos cruzado con Cruz, con expresión de sorpresa. Blanco y en botella… nos cagamos en su puta madre. Ben le quiere matar, Lau se va a ducharse para quitarse el cabreo, que luego además tiene partido de softball (donde juega la hermana del perro de Cruz, y le va a contar lo de las zapatillas, sin mentar el nombre del seguro ladrón, a ver cómo reacciona la hermana), y Ale elucubra sobre la posibilidad de convertirnos en la puta mafia, yendo niño a niño diciendo "¿Sabes algo de esto?", y a cada "No" que nos den por respuesta, 10 córdobas más en la mano del improvisado informante. Yo digo que iría más allá, que cogería a Cruz y le diría "mira, campeón, yo no te voy a hacer nada, porque no me apetece, pero tengo el dinero suficiente como para pagar para que te maten, así que a partir de ahora, cada vez que salgas de casa, cúbrete las espaldas. Yo sé de quién me tengo que guardar, que eres tú, pero tú... cualquier desconocido puede estar dispuesto a arrancarte esa cabeza de melón que tienes por unos míseros 100 dólares que a mí me sobran, ¿entiendes, ladronzuelo chulito? Porque sí, porque soy gringo y tengo dinero y para qué mancharme las manos con tu sangre de animal si puedo pagar a cualquiera, repito, a cualquiera, para que lo haga por mí. Porque tu maldita vida no vale más de 100 dólares de mierda, que es lo que yo me gasto en una noche de pedo". Por supuesto, no lo voy a hacer, pero me relamo de sólo pensarlo.

Ben me saca de dudas contándome que estando en Managua se metió en su correo y tenía un email de la empresa catalana a la que ha pedido curro. Como ya estuvo viviendo en Barcelona y le encantó, quiere irse allí a vivir de verdad. Encontró una empresa que hace casas sostenibles en el campo y les envió el currículum y su interés, y le han dicho que sí. Ahora necesita conseguir el visado en la embajada española y para enero tiene trabajo en Barcelona. Cata y la doña le hacen una carta de recomendación estupenda y yo me siento muy feliz por mi colega Ben, porque "shit happens, man, but sometimes things just work out as they should". Y él me responde con un "thanks, dude" y con esa frase que le dije y que le encantó "My name is Ben!".

Le pregunto por el concierto y me da una de esas respuestas de yanki que me hace retorcerme de risa: "You know, mate, I've been in millions of concerts in my life and probably this was the most shitty I've never seen. A whole bunch of crap, fucking germans assholes. And they thought they were cool, you know, with there cool haircuts and their tattoos... what a fucking pricks, man".

Llegan los de la obra. Klara y Eider están reventadas porque se han tirado las cinco horas y pico de curro en cuclillas colocando el encofrado del suelo para hacerlo de cemento armado. Les duelen las piernas y las muñecas, y tienen las manos llenas de arañazo por el alambre que se emplea para atar las varas de metal.

Crispy chicken para comer, y como las de Ometepe todavía no han vuelto y Marta se queda a comer en Granada, hay de sobra para todos. Jose repite sin parar, como Mitch y Ben, los tres tragaldabas del grupo.

Tras la comida, la doña nos dice que no podemos ni confiarnos media hora a plena luz del día, que nos vigilan y saben lo que hacemos y a qué hora. Y hablo con ella sobre Cruz y la gente de La Prusia y empiezo a darme cuenta de que, en mi opinión, somos algo injustos con esta mujer. Está claro que no es la más capacitada para dirigir al pie del cañón esta organización, que se le va de las manos y abarca demasiadas cosas, pero está claro también que se conoce este sitio y a sus habitantes como ninguno. Me dice que Cruz antes era uno de los mejores amigos de los voluntarios, que así funcionan los cabrones aquí: se ganan tu confianza durante meses y cuando menos te lo esperas, te han fichado y te tienen en el punto de mira. Por eso, dice, no se fía de Alex, que antes era de la misma calaña, que ahora confía en que se está redimiendo, que se ha sacado el graduado escolar y está en la obra trabajando honradamente por un plato de comida y por la posibilidad de que le contraten. Pero que ella no termina de fiarse. Que tiene 22 años, no 17 ó 19 como yo creía, y un hijo al que repudió danzando por el mundo, que aquí dejar embarazada a una muchacha también es muestra de la virilidad del macho. Le digo que lo que me jode de Cruz es que se cree que somos gilipollas, con lo tonto que es él, y ella me contradice reconociéndonos como gilipollas, que nos creemos que esto es estupendo, y que en realidad Cruz es listo, que se las sabe todas, que le han pillado varias veces ya dándonos el palo. Y yo le digo que si le han pillado varias veces y sabemos quién es, entonces no es tan listo, que debería de cambiar de oficio, porque cuando le pille yo, aparte de recitarle esa majadería que antes he escrito y que probablemente se quede sólo en este blog y en bromas entre voluntarios, yo le denuncio, y me la suda.

También me cuenta Judith que Pico y Mula cobran 4.000 córdobas al mes (1 dólar son veinte córdobas, regla de tres, 200 dólares al mes), y seguro que es un sueldo bueno para lo que pagarán por ahí.

Después de comer nos quedamos Mitch, Ben, Cata y yo charlando. Mitch nos cuenta sus batallitas y Klara me dice luego que sí le cae bien, pero que está "too full of himself", y me encanta la expresión, mucho mejor que "es un egocéntrico": está demasiado lleno de sí mismo. A veces traducir hace literatura.

Y nos vamos a pegarnos nuestro capricho. Como ya he dicho, desde que lo decidimos debato conmigo mismo sobre la moralidad de pasar un finde de lujo cuando vivimos rodeados de miseria. Concluyo que no hay debate posible, que sólo hay dos opciones: o vives como un prusiano, como ha elegido Chapu, o te reconoces europeo, y entonces viajas los fines, sales de fiesta por las noches, compras tabaco a discreción y cenas en la Calzada. Y qué diferencia hay entre eso e irte a un hotel que aquí es caro y en España sería el precio de un hostal céntrico de Soria. Así que no voy a ser hipócrita conmigo mismo y voy a disfrutar de un fin de semana que no marca ninguna diferencia con nada: estoy aquí para dejarme la piel y sudar trabajando sólo para ayudar a construir una escuela taller que dé trabajo a esta gente, con toda mi mejor intención y disposición, y para eso, simplemente, mi dinero no vale nada. No es ni moral ni inmoral, es la realidad, en la que el dinero es el peor invento posible y la conciencia un recuerdo de que estoy vivo, de que sé quién soy, de que sé dónde estoy, y de que sé qué puedo hacer y qué no por el mero hecho de haber nacido al otro lado del océano.

Nos instalan en la habitación 16, y mañana nos mueven a la 12. Una cama, con todo lo que ello conlleva: somier que merece el nombre, colchón de un palmo de grosor y sábanas que huelen a eso que hace tiempo que no olemos: limpio. Aire acondicionado y ventilador de aspas de madera en el techo. Ducha con agua caliente. Una tele con cable. Y eso es la habitación. El Patio del Malinche son dos corralas unidas, restauradas. La primera sirve de sala de lectura y donde sirven el desayuno. No cocinan más que el desayuno. La segunda es donde está la piscina, y las habitaciones alrededor, en dos pisos. El Mombacho queda al sur (o te orientas con los puntos cardinales, o no sobrevives aquí). Bañito, cóctel Malinche (fruta de la pasión y ron de 5 años), que nos lo apunten a la cuenta, por favor, y a cenar a la Calzada, a ver si vemos al resto de voluntarios que bajaban hoy viernes de fiesta.

En la terraza del Centralito nos juntamos con Mitch, Ale, Lau, Marta y Jose. Marta se ha apuntado al plan de Lau de la manifestación de mañana, pero dicen que se pueden permitir salir porque saldrán para Managua a las dos de la tarde (deduzco pues que no saben de los horarios de las manifestaciones). Tras unos doscientos intentos, conseguimos que el camarero recuerde que existimos en su bar y, tras otros doscientos intentos, termina acordándose de nuestro pedido. Ocho litros de cerveza, cenita para los que no han cenado todavía. Mitch y yo nos hacemos con unos puritos hechos a mano y nos fumamos uno y huele dulce. Aparece Maikol y le da un abrazo a Klara y ella se queda impresionada de lo mucho que huele a pegamento. Un vendedor de tabaco me dice que si salgo en alguna peli o en la tele. Le digo que sí, pero que en España, que es raro que me haya visto, y ni corto ni perezoso me pide 100 dólares. Toma ya. Le digo que no, que mejor le doy 200, y ya se va riendo.

Le pregunto a Jose qué le parece que nos quedemos Klara y yo a dormir en un hotel como ese, que no es que su opinión vaya a modificar la mía, que está más que asentada, pero me gusta mucho su forma de pensar. Me dice que él no lo haría, pero básicamente porque no tiene con quién hacerlo. Ole mi Jose. De allí a Mi Tierra, que hay karaoke y Ale se va soltar la melena, aunque esté rapado. Es un garito más discotequero que La Nuit, no hay banda y no baila nadie. En un extremo de la pista, tres chicas bailando juntas, algo que en La Nuit era imposible ver. Pero dos sorbos de Flor de Caña con limón después soy consciente del pedo que llevo y es complicado seguirle la conversación a Jose, que está igual de pedo, pero mejor que yo. Las Toñas de la cena me han matado, así que retirada con Klara y ahí se quedan, a punto de estrenar el karaoke en el que, me cuentan después, Ale triunfa cantándose unos temazos y levantando al público local.

Caemos en la cama y pie al suelo para evitar el naufragio.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El abrazo que necesitaba Cata y la Acción de Gracias que quería Pete

19/11/09

Sin Diazepam esta vez, duermo también del tirón, a pesar de que han instalado dos fluorescentes más afuera de la casa amarilla, por lo que ya no existe la oscuridad total, ni dentro para los que dormimos, ni fuera para los que aún quieren robar.
Me levanto a las seis y media, sólo Cata y Jose están vivos en la casa, desayunando fuera y hablando bajito. Zumito y yogur y a despertar a Klara, que siempre es un placer, infiltrándome en su mosquitera y haciendo de los besos un despertador.
Ben está desayunando y le pregunto qué tal se encuentra, me dice que mejor, pero que no bajará a la obra, lo cual me parece lógico, que los golpes de calor son duros. Pero el cabrón se pira de buena mañana a Managua, donde ha quedado con colegas para pegarse un fiestón en un concierto de un grupo alemán, Die Toten Hosem, los pantalones muertos. Klara se sorprende, pues en su tierra son conocidos. Fucking Ben está malo para lo que quiere. Dice que lo mismo se junta en León luego con Vanessa, Reanne y Haley, que tienen ese viaje planeado para el finde. Que conmigo no cuenten, que voy a secuestrar a la germana y llevármela a un hotel en toda regla, aunque ya verás como coincide con que este fin de semana ella la tiene.

No hay agua en el frigo para bajarla a la obra. Lau y Eider se la llevaron ayer para la gimkana y no la han repuesto, por lo que habrá que contentarse con tres botellas de agua del tiempo. Por suerte hoy no hace tanto calor como ayer.

En la obra, a Pete se le llevan los demonios por el tema del agua. Está claro que los que más la necesitan a lo largo del día son los obreros, pero ha sido un despiste, sin más, y habrá que dejar claro en la reunión que para la obra se necesitan, y es que se necesitan, al menos cinco botellas de agua helada.

Hoy no toca seguir apisonando el suelo. Los moldes que limpié ayer ya están puestos allá donde se levantarán columnas hacia el cielo, así que toca rellenarlos de mezcla. Toca pala, y para mis lumbares no es lo mejor. Pete me enseña a dar paladas sin forzar la rabadilla. Flexión de rodillas, abdominales en tensión y a darle duro. Es como si intentaras cagar de pie, pero el caso es que funciona. El problema es que a la decimoquinta palada se te empieza a olvidar, la espalda empieza a curvarse y las abdominales se relajan. Lo tengo que dejar al rato porque empiezo a notar el pinchazo.

Aparecen Endika y Tess, que aún no se han ido en su viaje hacia el norte, siempre hacia el norte. Están de gomorra total, o incluso algo borrachos aún, sobre todo Endika, que hace de la verticalidad un imposible y se deja caer en el suelo. Por su parte, Tess tuvo que ir ayer a Costa Rica a renovar el pasaporte, que quieren pasar por Honduras y El Salvador, y menos mal que se dio cuenta a tiempo, así que por eso se retraso el viaje, pero de hoy dicen que no pasa, por mucho que Endika sea incapaz de mantener una conversación o de andar sin trastabillarse. Está gracioso con su resaca, y se ríe solo y los nicas se mofan de él, y fuma casi sin fumar y abre los ojos por inercia más que por necesidad. Consigue contarme que reservó su billete de vuelta a España por Internet, eligiendo el aeropuerto de San José como lugar de partida. Y no se dio cuenta de que el buscador no le reservó el vuelo desde San José de Costa Rica. Ni siquiera desde San José de Panamá, sino desde San José de California. Manda huevos, el vasco, que poco se fija. Y claro, cambiarlo ahora le cuesta mucho más de lo que es permisible, por lo que no le queda otra que encontrar un vuelo barato a California para ya de ahí coger ese vuelo que tiene pero que en realidad no quiere. Y se van los dos resacosos camino de su casa para hacer la maleta, que aunque Endika se arrastra y hace por vivir, o se van hoy no se van nunca. Y nosotros a darle duro a la pala, aunque yo no tanto que siento fuego allá donde la espalda pierde el nombre.

Cata asoma por donde hacemos mezcla y trae la cara bañada en tristeza. Resulta que ha encontrado a un hombre en el proyecto que haría el tejado por 10.000 córdobas, sólo 1.000 más de los que ofrecía El Gato y que fue lo que la doña acepto, y carajo, la diferencia son 50 míseros dólares, y la doña sigue diciendo que no, aunque este presupuesto sí incluye mano de obra. Es decir: le vamos a dar 9.000 córdobas a un tipo de Granada que no los necesita tanto, y en cambio no ayudamos a un tipo del proyecto, dándole trabajo, que es la mejor manera de ayudar, y no sólo a él, sino también al que contrate para echarle una mano. Por eso Cata no conoce hoy la felicidad, y sin decirle nada le sonrío y la abrazo y responde como no creía yo, apretándome en un arrebato. No sólo se siente inútil, sino que ha visto la oportunidad de hacer algo por un par de familias, pero la doña ya pasa de cambiar planes, y la frustración se cierne sobre la pequeña catalana a la que sólo le falta llorar.

Cada vez entiendo menos muchas cosas de Casas de la Esperanza. Construir casas para gente que o concluye que no la necesitaba o que simplemente no la va a poder pagar (una mujer que antes vivía en el camino y ahora lo hace en el proyecto dice que lleva cinco meses sin pagar y que sigue sin poder abonar, por lo que probablemente se tendrá que volver a su antigua casa, aunque sopeso que la doña no se lo permitirá aunque no le pueda pagar; y también está el caso del desencantado y amable Lenin). La gente hace vida fuera y estaba acostumbrada a vivir en hilera a lo largo del camino, con un solo vecino a cada lado, con su retrete fuera de la casa y su cocina de leña, por lo que me pregunto si de verdad quieren las casas como les dijeron a Ángel y a Judith al nacer la ONG. Además, si una comunidad de 36 casas, una familia por casa, no consigue entenderse ¿cómo se van a entender las ochenta y pico que están proyectadas para ACE2? Me sigue pareciendo encomiable lo que están haciendo Ángel y Judith, pero ya no sé hasta qué punto es bueno lo que estamos haciendo. No somos sus padres, pero no les dejamos volar, y encima les construimos casas que tal vez no quieran. No es nuestro problema si primero la piden y luego caen en la cuenta de que una casa de cemento, cocina de gas y retrete en el interior, suelo de baldosa y agua potable, no es el sueño que tenían, pero sí es nuestra obligación darnos cuenta ahora que aún estamos a tiempo, antes de construir las otras 86 casas. Empiezo a divagar sobre esta ONG, y eso es bueno para mi conciencia pero tal vez no tanto para mi estancia prolongada aquí. Tengo claro que no voy a colaborar en algo que no me convenza. Una escuela taller es útil, siempre, daremos habilidades a gente que antes las aprendía de forma autónoma y sin reconocimiento, pero hacerles casas… ya no lo sé. Pero el caso que simplemente no lo sé, no he terminado de concluir nada, así que me doy tiempo, que sólo llevo unas semanas aquí y considero que en menos de seis meses no te das cuenta ni de la mitad.

En cuanto al curro, hoy también hay que mojar el suelo que hemos apisonado ya, pero con manguera, y eso me lo puedo permitir, aunque Mitch se hace con ese puesto de trabajo. Al rato, en un despiste, la manguera es mía y puedo sentirme útil de nuevo, que me he tirado una hora sentado y mirando cómo se crea la mezcla, cagándome en la puta y resignándome ante mi fatalidad lumbar. En un susurro le pregunto a Cata el motivo por el que estoy encharcando suelo, que no quiero que se enteren los nicas de lo necio que soy, y Cata me explica que con el agua se compacta más el suelo, se rellenan grietas del subsuelo, y entonces luego hay que volver a apisonar, todo en busca de la solidez total. Bien, esto no ha hecho más que empezar.

Termino de regar los dos cuartos apisonados, con Chepe y un amigo haciendo travesuras con la manguera y volviéndome loco, pero Chepe es hijo de Pico y no puedo mostrarle mi enfado al niño delante de su marmóreo padre. Me acuerdo de la primera película que se proyectó en la Historia del Cine, la de El jardinero regado, y ese soy yo si no me ando con ojo, que Chepe y su amigo sin nombre buscan que me enfade de verdad.

Comidita y a la práctica de fútbol con esa jauría de chavales que hacen conmigo lo que quieren. Cata y Klara se bajan para Granada, que Cata ha quedado con El Gato, el que va a hacer el techo, para que le baje en coche a ver los materiales, y Klara quiere aprovechar el viaje motorizado. Pero finalmente El Gato aparece en bici y a las dos les toca andar. Yo me juntaré con la alemana en el cibercafé cuando termine el entrenamiento para ir a reservar ese lujazo que nos vamos a marcar.

Recojo niños en el mango y sale Lenin de su casa, en donde está enfangado con tareas de bricolaje y se disculpa y me cede la responsabilidad. Se juntan unos diez niños (Jonathan, que sigue sabiéndose mayor que el resto; Abraham, portero de los Alcones; el pequeño Gerar; Dayson, que se queja de todo; Darian, de buena disposición pero gesto inmutable; Pedro, que se une a medias; otro Dayson, que sólo llega para el partidillo). Propongo empezar con el zigzagueo en torno a conos, con el balón bien pegado al pie, y pateo a puerta con Abraham haciendo sus funciones, y dadle a la pelota con el interior del pie, campeones, que si no se os van al carajo. Luego cambio el ejercicio y hacen centros al área, donde deben recibir, controlar a un toque, y rematar a puerta. Una chica que mira con un grupo el entrenamiento me pide unirse, y le digo que claro. Se llama María y debe contar unos 14. Parece que va a llover y lo deseo, que mi paciencia tiene un límite, pero las nubes no me regalan nada y el entrenamiento ha de continuar.



Y cuando ya están hartos y yo no me hago respetar, toca partidillo, en un campo pequeño y limitado por los conos. Hago yo los equipos, se empiezan a unir más chavales, que cuando es un partidete todos quieren jugar. Y juegan duro y de repente un niño de unos siete años se enfada con uno mayor que él y le insulta como sólo he oído a Tuco hacerlo, en El bueno, el feo y el malo: "negro costeño hijo de 100 putas", y estoy tan estupefacto que no sé ni qué hacer ante semejante arrebato de racismo y falta de respeto, así que sigo haciendo de árbitro neutral, mascando para mis adentros semejante improperio, pura literatura.



Se pone a mi vera un mocoso con gafas de sol enormes, que me pide que le tire una foto mientras pone pose de cantador de reggaeton.



A lo lejos, en la misma cancha, Lau, Eider y Marta se las ven y las desean con otra horda de niños detrás de una de las porterías. A las cuatro y diez decido que ya es suficiente por hoy y recojo la bola y los conos y me pongo en marcha para Granada, con el espinazo riéndose de mí y casi haciéndome cojear. Me cruzo en el camino con el pequeño Erik, que no sabía que había práctica. Va con un amigo, que tiene la la piel del dedo gordo del pie totalmente levantada, pero no se queja ni nada, corre en competición con Erik para ver quién llega antes a la venta, importándole poco la sangre, los pies descalzos que se deslizan sobre guijarros y la loca carrera de su diminuto amigo.



A lo lejos el Mombacho lleva una falda de nubes que le infiere más autoridad.



Llego al ciber donde está Klara enganchada al Facebook. Le pregunto qué dicen sus amigas de mí y me enseña el interrogatorio de una: "Name, Wie alt, nett?", y luego me muestra su respuesta: "Julio, 28, nett ;)". Escueta y concisa, como alemana que es. Bien por ella, que me mira envuelta en nube de algodón rosa y se ríe por mi cara de aprobación. Y nos vamos en busca de El Patio del Malinche, que se lo enseñé ayer y le gustó mi elección.

Resulta que el hotel lo llevan un matrimonio de catalanes, aunque hoy no están. Y de repente veo un futuro plausible: un hotel instalado sobre una casona colonial restaurada, con patio interior, dos balconadas asomándose, y todo decorado con madera y cerámica. Esto hay que pensarlo con calculadora.

Nos cuesta 80 dólares la noche, cambiándonos de habitación el segundo día, que hay que hacer malabares para que el hotel siga acogiendo sus expectativas. Pinta muy bien, la habitación es cuca y Klara sonríe con el futuro próximo entre los dientes. Después de hacer la reserva hacemos una parada en el Kelly's Bar, típico bar para gringos donde hay hora feliz, así que unas piñas coladas para celebrar que este fin de semana seremos europeos de nuevo. Y ante el cóctel hablamos sobre lo que cuesta el hotel y la moralidad de lo que vamos a hacer, sobre la falsedad del dinero y la hipocresía que supondría renunciar a nuestra condición de primer mundistas, que lo somos y lo seremos siempre, y qué diferencia hay entre pillarse una habitación de hotel como esa y salir por las noches de pedo por Granada, que eso no lo hace ningún prusiano y nadie se lo plantea como una blasfemia falta de toda moral. Me gusta que mi conciencia me pinche en las meninges, como le decía Marcellus Wallace a Butch mientras amañaban el combate en Pulp Fiction, y me gusta hablarlo en voz alta para finiquitar el debate interno con que no estoy haciendo nada más que responder a las expectativas: soy europeo en Nicaragua, y punto, y eso quedó claro en el momento en el que me compré un billete de avión que aquí casi nadie podría permitirse. De La Prusia a un hotel de 80 pavos la noche, soy hombre de gran espectro para el alojamiento.

Sigo dándole vueltas a lo de montar un hotel en un sitio como éste, y pensamos ambos que tiene mucho más atractivo hacer un hotel con encanto que un bar para guiris, que en el primero además darás más trabajo y no provocarás la borrachera insultante de un gringo en un lugar en el que los nicas no saben cuánto cuesta la piña colada. Y después de hacer de la economía mundial el blanco de nuestras iras, tiramos para casa, que ya son más de las siete y hay cena de Acción de Gracias en ciernes. Cogemos un taxi que nunca ha subido para La Prusia y a mitad de camino está desesperado por el mal estado de éste, pero yo le animo, que yendo suave con el carro todo es posible. El hombre habla de pavimentar el camino, como tantos me han comentado ya, y yo ya no hago por aclarar nada, le dejo hablar mientras le indico hacia donde ir en cada bifurcación, y ya queda menos, hombre, que llegamos, es ahí, muchas gracias y buenas noches.

En la casa Cata me cuenta que Jose se quiere mudar a la casa roja, la que es de Arantxa y otra chica que no conozco y que alquila a los voluntarios que estén dispuestos a pagar el alquiler. Yo entiendo al bueno de Jose, el antropólogo inocente que ama la independencia y al que además el asunto de los 100 córdobas que desaparecieron seguro que le han terminado de rematar. No sólo le entiendo, sino que se me ha adelantado, que si todo sigue yendo bien con la alemana, esa era una opción interesante para hacer de los besos rutina y del sexo algo normal y no una aventura.
Les enseño a Ale, Lau y Cata el hotelito, que me he guardado la web en el PC. Ale se confiesa envidioso, Lau me dice pijo, y lo sé, y me da igual, porque ya he tenido ese debate conmigo mismo y porque un día es un día, una alemana es una alemana, y tengo dinero, qué cojones. Cata no se pronuncia.

Ale se va el jueves y no saben qué hacer este fin de semana en el que yo seré rey por un día, entronado con una germana sin reino. Me piden que les cuele en el hotel, de risas. Pues por mí, claro, coño, y si el desayuno es buffet libre, arramplo con lo que sea.

La doña avisa a Ale de una urgencia en la venta de al lado, donde nos lavan la ropa por 30 córdobas (subieron el precio 10 córdobas, que aquí nadie es tonto y los voluntarios que hemos llegado en el último mes hacemos buen uso de ese servicio). La hija menor de Chilo, Ana María, tiene un dolor fuerte en el estómago, se retuerce y no puede dormir. Con sus nica-pants, cualquier camiseta y una linterna atada a la frente, soy minero, Ale va con su botiquín a la llamada. Lau le acompaña a la urgencia, mientras Pete ultima el Pavo y llegan los invitados: Pico, Mula y Alex.





Mientras unos juegan a la escoba y otros al Catán, Pete ultima una cena que le está llevando seis horas y que le encanta hacer. Dice que cocinar sin prisas es un placer y que va por delante del horario planeado. Ha invitado a Eva y a Judith a cenar con nosotros (que nunca lo hacen pues prefieren cenas ligeras) y éstas no han podido menos que aceptar tan magnífico detalle. Nadie se queda fuera en Acción de Gracias.

Justo cuando estamos sirviendo el pavo con todos sus condimentos vuelven Ale y Lau de la venta de Chilo. La niña tiene un dolor fuerte en la boca del estómago y la operaron de apendicitis el año pasado. Para Ale es una infección peritoneal, que probablemente necesite de pruebas en el hospital y quién sabe si una intervención. Por lo pronto le ha dado medicamentos para aliviarla y parece que la niña ha conseguido dormirse. Veremos mañana, dice Ale, con la resignación del que sabe.
Al terminar la cena reflexiono en una hamaca. Acción de Gracias no es una tradición, es un sentimiento, y me place sobremanera haber formado parte de esto. Estoy realmente agradecido y me siento afortunado de haber participado en el ritual yanki de Pete, que está satisfecho y le da las sobras a Pico para que se las lleve a Chepe, que de eso va Acción de Gracias. Al final, como en toda tradición, civil o religiosa, te crees lo que quieras y le buscas el significado que quieras. Para mí, esta cena, en La Prusia, tiene todo el sentido del mundo. Probablemente en un rancho de Texas donde se malpaga a los jornaleros sea la paradoja más hipócrita del mundo, pero aquí, donde un yanki lejos de su familia quiere hacernos sentir como una familia multirracial, es tierno y unificador.



A las 21.30 me retiro al catre, con dolor de cabeza después de un día largo y un cansancio injustificado, pues en la obra no he podido hacer gran cosa más que buscar el consuelo de una arquitecta desesperada y en la práctica de fútbol sólo los niños corrían.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Pico es capaz de reir conmigo, y sopa para resucitar muertos

18/11/09

Bendito sea el Diazepam. Bendito sea su principio activo y bendita sea la noche que he pasado, en la que he dormido del tirón, por primera vez, sin despertarme, y en la que mi espalda ha dejado de existir por unas horas. Me acosté a las diez y a las siete me ha costado sangre levantarme. Puedo decir que estaba a gustito en esa cama de mierda bajo esa mosquitera incómoda para el que gusta de rotar sobre el colchón. He asomado la cabeza fuera de la habitación en el momento en que entraba Ale, vestido con sus nica-pants y una camiseta de Italia y fumándose su primer cigarrito mañanero. Majete él viene a buscarnos a Klara y a mí para invitarnos a desayunar, que los de la casa azul de vez en cuando se marcan un homenaje y convidan a "los allegados", que somos los dos dormilones. Voy por Klara, a la que despierto con un susurro pero ella se asusta, para relajarse cuando me reconoce al otro lado de la mosquitera. Vuelve a cerrar los ojos, dibuja una sonrisa sin bostezar y busca mi mano, que se infiltra bajo la malla para acariciarla. Le digo que tenemos desayuno rico esperando, que se desperece, que yo voy hacia el olor a huevos revueltos, que aunque es murciano el cocinero, el desayuno yanki es lo que se estila.

Salchichas y huevos revueltos, Ale eres el mejor, y no sé cuántas veces te lo he dicho ya, pero todas eran ciertas. Todos han desayunado y ahí está el plato de Klara, que ya baja, todavía en pijama, todavía dormida. Y café para los dos, servido a nuestro gusto por Ale que hace de la amabilidad un oficio y no hay palabras de agradecimiento en el diccionario para expresarnos con justicia.

Ben ya se ha bajado a la obra, que hoy retorna a su antiguo puesto de trabajo. Pete, por supuesto, también, así que agarramos el saco de botellas de agua helada y para allá que vamos mi germana somnolienta, mi espalda invisible y yo. Paradita de camino para darnos los buenos días como se los dan los que se besan, y unámonos a los currelas.

Saludo a Mula, ya encaramado en la pared quitando moldes. Pico no anda por aquí y Alex hoy no estará en todo el día, así que sólo el sociólogo neuyorkino y el abogado de Connecticut son los otros ocupantes de la obra. Están los dos como Mula, quitando moldes. Klara y yo esperamos a que llegue Pico para que nos dé tarea, pero Pete se tiene que ir a por su pavo a La Colonia, que abre a las ocho, así que le sustituyo quitando clavos y apartando maderas para descubrir nuevos pilares de cemento.
Pico llega y le deja su bici a Pete para que vaya a por el pavo, que es mejor que la de Ben. El hecho de que se la preste sin problemas, siendo Pico, es todo un gesto de amistad. Tanto el capataz como Mula están de buen humor, y si a eso le unimos la llegada de Ben, hoy será un día divertido en la obra.

Música saliendo de la radio de Pete, Mula ya en el suelo fumándose un cigarro y canturreando y Pico con la media sonrisa plateada en la boca. Ben se dedica a reparar desconchones que han aparecido al quitar los moldes (posiblemente mea culpa por no haberle dados unos cuantos martillazos a los maderos antes de arrancarlos) y yo le pregunto a Pico si me pongo a limpiarlos. Me contesta que sí, que los van a necesitar, así que ya tengo tarea. Klara se pone con Eider, que acaba de llegar, a cortar barras de metal tirando de cizalla, que lo tiene que conseguir, orgullosa y obcecada alemana. Eider ya los parte en cinco empujones, vasca nata, y Klara no puede ser menos, aunque en esta materia de partir el hierro lo es porque no tiene ni la mitad de cuerpo que Eider (que no soy ciego y aún tengo buen gusto) ni por sus venas corre la sangre vasca que todo lo puede, por mis santos cojones de Donosti.

Y de repente se oye clac y Klara da saltos con los brazos en alto, como si hubiera metido un gol en el minuto 90 cuando iban empate. Lo ha conseguido, y se abraza a Eider, y paso por allí y me da un beso y una cosa más que puede hacer, y el triunfo en su mirada y "victory" a los cuatro vientos.

Ben termina de reparar desconchones y pega un salto de gato de lo alto de la pared al suelo, y al caer me mira chulo y yo le digo con voz grave "yeah, my name is Ben", y le encanta, se descojona, lo repite, pone pose de tipo duro y tensa los músculos. My name is Ben! Y al terminar la coña se pone con Pete y Mula a apisonar. Se les une Mitch, que viene de que Haley le enseñe la escuela y de más partes del proyecto, que ahora la canadiense más falsa que puedes conocer se las da de hospitalaria y entendida, y se quiere follar al chaval de Boston, que como no la conoce de verdad lo mismo cae, el infeliz. Y yo sigo quitando clavos de las maderas arrancadas y lijándolas para despegar el cemento que se ha quedado en las tablas.

El sol no tiene rival nuboso en el cielo y los que apisonan empiezan a pasarlo mal, aunque de vez en cuando Mula y Ben agarran su pisón como si fueran una mujer y bailan lo que suena en la radio, haciendo que los demás les miremos burlones. Y Pico grita que menos hablar y más trabajar, y el día de hoy en la obra es sin duda el más gracioso que he pasado hasta ahora. Ya somos un equipo de obreros de verdad, ya sólo nos queda silbar y piropear a cuanta mujer ose aproximarse.

Ben y Mula hablan de mujeres nicas, y de repente Ben dice "he conocido unas alemanitas en León", y ya no me lo puedo aguantar más y les explico porqué ale-manita es hacerse una paja en español, y los dos se ríen a gusto. Y en esas estoy en cuclillas dándole duro a la espátula, usándola de palanca para arrancar el cemento, cuando pasa Pico por detrás de mí. Me agarra el hombro y tira de él hacia atrás, con lo que termino con el culo en el suelo y él riéndose a gusto. Ahora sí que sí, soy alguien para él. Eso también es una victoria, alemana. Pico el inmutable me ha hecho objeto de broma, y eso es equivalente a que te ordenen caballero apoyando la espada sobre tus hombros.

El Diazepam y el resto de química se difumina y las lumbares empiezan a despertarse, pero sólo molestan, no duelen, pero ya son las once y media y sopeso entre bajarme ya a Granada a conectarme y llamar de una santa vez a casa y ponerme con el pisón. Y en esas pasa Ale, y sólo su presencia, que sólo viene a que le dé fuego, sin siquiera mencionar mi mal lumbar, me hace decantarme por Granada. Así que pregunto al personal que si quiere algo de Granada, que me voy ya para allá, y sólo Klara quiere una botella de dos litros de Coca Cola, y cuando me estoy yendo Pico me suelta que quién me ha dado permiso para irme ya. No le veo la cara, pero me está vacilando, así que le contesto que "el caballo Pete", y de su boca sale una especie de risa y lo doy por bueno.

Bajo a buen ritmo por el camino y me uno a Rafa y otro del equipo de fútbol por el camino, que van para el cole de uniforme. Tienen sólo dos horas de clase hoy, que ellos van a la escuela por la tarde. Una es de de mates y otra de español, y a ninguno de los le gustan las mates. Hablamos sobre el entrenamiento de mañana, y los dos coinciden en que debería de ser en San Matías, como acordamos ayer con los otros chavales. Yo sigo en mis trece, que no sé dónde está el campo, y ellos me lo explican, pero al estilo nica, que es como no explicar nada: antes de llegar a Las Camelias coges el camino que sale a la izquierda, andas unas cuatro cuadras, te metes por otro camino que sale a la derecha, otras cuantas cuadras, y ahí ya no sé dónde estoy, maldita sea. Orientándome están cuando baja un coche, al que paro y pregunto si nos bajan, y por supuesto que lo hacen, y de un salto nos subimos los dos niños y yo a la parte trasera del pick up. Ellos se bajan justo a la entrada de Las Camelias, voceándome que por ahí se va a San Matías, y se alejan con su pantalón azul y su camisa que algún día fue blanca. Yo sigo hasta el cementerio y allí me apeo, y de ahí sigo el camino andando, notando el estómago pesado y eligiendo pasear para ver si así lo convierto en liviano.

Llego al Llamadas Heladas, el locutorio con el aire acondicionado a todo meter, haciendo honor a su nombre, e intento comunicarme con casa. Dos intentos fallidos, con una voz mecánica de mujer diciéndome que el número marcado no existe. Qué coño no va a existir, carajo, si estoy llamando a casa y ese es un número de teléfono que nunca se olvida. En fin, cinco córdobas perdidas y la recepcionista sin acertar a darme una explicación. Sólo soy un gringo para el que cinco córdobas no son nada, qué más dará.

En el ciber están la doña y Eva tecleando lento, así que hago un quiebro, me desvío hacia la barra, pido en un susurro una Pepsi para asentar el estómago, una hamburguesa para volverlo a llenar de morralla, y un zumo de sandía, que el de naranja y zanahoria se ha acabado, y me siento en un lugar desde el que las dos españolas no me ven, que no quiero ni oírlas ni verlas, que son cargosas y la soledad se paga cara.

A lo mío estoy, oyendo las voces de Eva, viendo pasar a Judith al baño sin que ella se fije en mí, cuando llega Cata, con la que he quedado. Se descojona de que esté escondido y me ayuda a elegir hotel para el fin de semana, que me voy a pegar un capricho con mi alemana. Nos decantamos por el Hotel Patio del Malinche, que es muy cuco y además se llama como la mujer que enamoró a Hernán Cortés, como en la obra que una vez representé en España, cuando aún representaba, cuando aún amaba, y cuando era la mitad de lo que soy ahora.

Terminamos, atisbamos que ya se han ido las dos pesadas y salimos. En el Parque Central están montando el árbol de navidad más grande de Granada, con un calor infernal. Esto no tiene ni píes de cabeza. Y se oyen villancicos en las radios de los puestos callejeros, y yo sigo pensando que estoy en verano, pero no, estoy cerca de las navidad, que si en España la inicia EL Corte Inglés, aquí son todos los ciudadanos los que se adelantan un mes, entre su fervor católico y sus ganas de días festivos. Y los peces que beben en el río y Cata y yo trastornados por este desfase temporal.

Vamos hacia el Pali a comprar algo de provisiones, y Cata tiene un encargo de Mitch: comprarle unas chinelas. Le pregunto que qué le parece el nuevo yanki, que dice Klara que está bueno, y va la catalana y me suelta que para un polvo está bien. Pobrecito, que seguro que Haley piensa lo mismo y al final no elegirá bien, el chaval.

Terminamos con las compras y sin cumplir el recado de Mitch, que no sabemos si comprarle unas chinelas de mierda en el Pali o unas caras en una zapatería, y como es el típico caso de "hagas lo que hagas, la cagas", mejor no hacer nada. Un taxi y para casa, y de camino le comentamos lo raro que se nos hace ver los adornos navideños con un sol tan duro, y el taxista se descojona porque, como siempre, sólo somos unos gringos que no se enteran de nada. No tiene sentido explicarle que en España hace frío y que la navidad y la nieve van de la mano. ¿Nieve? Eso no lo han visto nunca.
En el porche, como siempre, Klara juega a las cartas, esta vez con Mitch, esta vez a algo que no conozco y que se juega con dos barajas francesas. Justo llega Marta de sus múltiples tareas, que es todo solidaridad ella. Nos enteramos entonces de que hay dos enfermos: Ben, que tiene un golpe de calor de la obra, que se ha pasado todo el día al sol sin beber mucha agua, tipo duro, mucho "My name is Ben" y luego no sabes ni tomar las mínimas precauciones. Fucking Ben. Y el otro enfermo es que el que no debería estarlo, el amigo Ale, que se ha hecho amiguete de un rotavirus intestinal que le tiene vomitando y en estado horizontal sobre su colchón mugriento. El único médico en diez kilómetros a la redonda es el único enfermo de verdad. Pero hoy cocina Reanne, y todavía no sé lo que ello supone. Se viste de druida y se prepara una sopa de pollo alucinante, para sobrevivir a nuestra lucha contra los prusianos (Lau dixit, que si no le reconozco sus aportaciones al diario me lo recrimina lanzándome colillas, algunas apagadas, otras aún humeantes). La sopa levanta a los muertos y a los vivos les devuelve una energía que no sabía que podíamos tener. Mira tú la canadiense, que mano tiene para sanar estómagos y cráneos calenturientos.

Y después de cenar Jose y yo nos damos cuenta de que falta un billete de 100 córdobas del fondo común de la casa amarilla. Era un billete que dejó el mismo Jose, que pagó lo suyo y aprovechó para cambiar, y que yo vi esta mañana. Lo comentamos en la reunión y, claro, nadie sabe nada. No entiendo estas cosas, y lo que no entiendo prefiero dejarlo pasar antes que hacer de Agatha Christie en busca del mayordomo culpable (está claro que es un voluntario, ningún ladrón deja sobras). A Jose le noto consternado, pero es de mi misma opinión. Joder, si alguien necesita 100 putos córdobas de mierda, que me los pida, que se los dejo sin problemas, sin intereses, y sin fecha de devolución, que para qué si aquí no existe El Cobrador del Frac. Si aquí no existe el frac.

Eva y Judith me reclaman al terminar la reunión, que tienen un problema con un teclado que no consiguen hacer funcionar en su portátil y ya saben que soy algo manitas con los ordenadores y me secuestran para que me enfunde mi traje de técnico. No consigo hacer nada, será el teclado, y de repente se va la luz y vivimos en la penumbra absoluta durante media hora, buscando una luna que probablemente alguien haya robado, que para eso estamos en La Prusia. Así no hay manera de jugar al póker o al Uno o a lo que sea, así que para la camita y mañana será otro día, con 100 córdobas menos en el bote, pero probablemente con luz natural y artificial de nuevo. Quién sabe si habrá luna, tal vez la devuelvan.

Sueño 2: Ojos amarillos

No te conozco, pero sé que tienes los ojos amarillos, diría que como los de un gato, pero ni siquiera los gatos sabrían reproducir ese iris. Grandes, oro encerrando las pupilas.

No te he visto más allá de cuando estaba dormido esta noche, y al despertarme te he buscado en una cafetería que no existe. Bajo mi mosquitera y probablemente con esa cara que ponen los niños cuando la maestra les pregunta algo que les suena pero no aciertan a verbalizar, te he buscado en vida, sabiendo que todavía no existes en la mía. Pero vivimos sin espejos y no sabría decir que cara vestía a las seis de la mañana, pero también era la de la ilusión. Ilusión por saber que, por el recuerdo de ojos de sol, sueño en color, e ilusión por saber que se puede soñar con alguien que no conoces, o que no recuerdas, pero que tiene que existir más allá de un sueño sin sentido, porque qué sueño lo tiene, qué vida lo tiene una vez que te he visto teniendo yo los ojos cerrados.

Sé que tienes pecas, el pelo rizado y la piel pálida, cuando yo siempre he dicho que como las morenas, ningunas, pero no pienso renunciar a ti por creer que tengo un gusto preferido, aunque sin haberte tocado es fácil hacerlo y volver a pensar en pieles de miel, pero después de haberte soñado y reconocido como La Mujer, quién sabe si te buscaré, o mejor, si un día me toparé, en TaiPei, en Madrid o en Tegucigalpa, con unos ojos amarillos que me sonarán de algo y no sabría decir de qué, porque me olvido de los sueños con facilidad. Pero olvidar unos ojos que sólo he imaginado se me antoja un crimen imposible.

Pecas en una cara que no tiene más detalles, pelo de color oscuro pero nada más que matizar, y piel blanca como la nieve. Un sol alumbrando la nieve virgen de tu cuerpo, y yo queriendo esquiar, sin saber.

Tienes novio, con la misma cara y la misma camisa que mi excompañero de trabajo Alain, y llegaba a la cafetería donde tú justo me preguntabas "¿qué pasa, que a ti también te pongo?". Balbuceaba yo una respuesta cuando unos brazos te amarraban desde atrás y una voz llena de mentira se disculpaba por no haber podido llegar antes. Y tú ya no me decías nada, pero me mirabas y me hablabas a través de ojos amarillos, diciéndome tantas cosas que para qué intentar escribirlas si ni tu lengua era capaz de articularlas. Los ojos a veces hablan mucho más que las gargantas, y más si el que mira quiere que así sea, porque el querer algo es más poderoso que lo que en verdad es. A punto de ser tu amante me he despertado, cuando ningún amante se da cuenta de lo que hace y ansia no despertar nunca del adulterio deseado.

Llegabas al hospital donde estaba esa cafetería y donde yo trabajaba, cuando no sé ni abrocharme la bata, es lo que tienen los sueños, que vives vidas que nunca probarías. Entrabas en camilla y con una fractura abierta a la altura del tobillo, pero yo no podía mirar la herida sabiendo que bajo las pestañas había maíz dulce. Te curaban mis compañeros mientras yo soñaba en un sueño, soñaba las posibilidades de un mundo a tu lado y soñaba que estaba despierto por fin y mirándote.

Horas después relato lo que me pasó inconsciente en la cama, sesenta veces por minuto, sabiendo que o ahora o nunca. Horas después sigo pensando en que tienes que andar por ahí, mientras yo estoy aquí, en una Granada que no es de España sino de Nicaragua, y tú, vete a saber dónde. Horas después, sesenta veces por minuto, rememoro un sueño que no quiero que se volatilice cuando me despierte mañana. Quién sabe si secuestrarás mis neuronas una noche más, eso espero, pero esperar algo que no existe es tan absurdo como escribirlo.

Sueño 1: Vivir entre paréntesis, o una lección más de Cortázar

Me acuerdo de lo que he soñado esta noche. Después de unos días mascullando qué carajo estoy haciendo aquí, para qué me está sirviendo - quien diga que no hace un voluntariado como este sobre todo para sí mismo, se miente o sólo es un snob -, después de esas horas de preguntas sin respuesta he tenido un sueño que suena prosaico, pero lo quiero revelador, aunque aún no sé de qué manera.

Me unía a un equipo de fútbol que viste de rojo (concluyo pues que sueño en color, algo que no tenía muy claro). Cuando llegaba al partido, con tiempo suficiente, me encontraba a Sergio Feria y a un desconocido (que no lo será, simplemente no tiene cara) fumando y haciendo tiempo. Hombre, Sergio, cómo tú por aquí, cuánto tiempo, pues realmente lo hace y nunca le gustó el fútbol. No acertaba a responderme con exactitud su papel en el equipo, pero desde luego no era jugador. Un par de caladas después me iba corriendo a los vestuarios, que soy el nuevo y ya llego tarde, y Sergio se iba con su inseparable mochila hacia el campo, tal vez sea el encargado del marcador o el speaker, ni lo sé ni creo que importe, pero tampoco un sueño como éste debería ser trascendental, y se me antoja tal, sin motivo.

Entraba en los vestuarios, gente sin cara sentada en bancos blancos y atendiendo al entrenador, cualquiera que haya pasado por delante de mí en los últimos días. Siempre que entras en un sitio y hay gente ya allí, se fijan en ti girando la cabeza hacia la puerta, pero no en este caso, así que me sentaba donde encontraba un hueco y no prestaba atención a la charla del director de orquesta, porque prefería dedicarme a fijarme, sin acercarme, en los jugadores, en los compañeros que tendría esa liga. Sólo recuerdo una perilla negra de entre todas las caras de los jugadores, el resto de rasgos físicos no existen más en mi memoria. Me daban una camiseta roja con el cero a la espalda, lo cual me sorprendía, pero tampoco demasiado. Y de repente era consciente de que mi nombre estaba escrito en la pizarra plástica blanca, con rotulador rojo y seis minutos seis segundos tras Julio. Sólo jugaría seis minutos y seis segundos, soy el nuevo y no me he ganado el puesto todavía. Y antes de ponerme la camiseta, me he despertado, totalmente perturbado bajo la mosquitera, y por qué, si el sueño en realidad parece insignificante. Pero no he podido quitármelo de la cabeza en toda la mañana. Soy de los que piensan que los sueños significan algo sólo si quieres que signifiquen algo, y yo estoy en una situación en la que necesito que todo lo que me pasa suponga algo, porque tengo tantas preguntas que busco respuestas aunque sean oníricas. Probablemente esas respuestas no existan a corto plazo, sólo cuando haya dejado de hacer lo que estoy haciendo en Nicaragua me daré cuenta de las cosas.

¿Llevaba un cero a la espalda porque esa es mi contribución aquí, cero? ¿Llegaba de nuevas al equipo como llegué aquí, novato 100%? ¿Estaba Sergio involucrado porque él se fue del trabajo a la par que yo y ambos buscábamos que hacer, aunque en diferentes direcciones, y en el sueño él ya había llegado y yo todavía estaba embarcándome? ¿Sólo prestaba atención a los jugadores y no al entrenador porque me interesan más los voluntarios que los que manejan la ONG? ¿O los jugadores son los prusianos, que no se fijan ya en mí porque soy inútil para su verdadera existencia, no me necesitan ni les asusta el perder su puesto por mi llegada? ¿Jugaba sólo seis minutos y seis segundos porque al fin y al cabo me terminaré yendo de aquí, y qué más dan dos meses que seis minutos para esta gente, si al final los nicas se quedan y yo me voy y mi aportación se reduce a tal vez un gol de última hora, provechoso para este partido pero tal vez totalmente insuficiente para la liga entera? No tengo ni idea, pero hoy por primera vez me he planteado mandarlo todo a tomar por culo porque lo que hago en La Prusia probablemente sirva de tan poco para los prusianos. Luego me he puesto a trabajar, sin dejar de reflexionar, porque no sé cómo detener una reflexión. Poco a poco mi cabeza ha dejado de echar humo negro y he vuelto a pensar que algo estoy haciendo, que es mejor que nada, que algo sacaré en claro de todo esto, aunque todavía no acierto a adivinar qué. Vine aquí, entre otras cosas, para escribir como hacía tiempo, y lo hago, pero de forma compulsiva y para un diario, y no me contenta, no es eso lo que quiero escribir, aunque no sé tampoco que es de verdad lo que quiero contar. Supongo que primero tendré que contármelo a mí. Ale me dijo al despedirse que esperaba que encontrara lo que fuera que estaba buscando, y yo no supe qué responderle, porque es de los pocos que saben que necesito encontrar algo, joder, I need it badly, pero no sé ni por dónde empezar, si es que no he empezado ya, un mes después de aterrizar en plena tormenta tropical. Ni siquiera eso sé, si con un mes ya eres algo o si todavía eres un gringo novato.

Andando hacia la obra con Klara he tenido un momento de lucidez y he pensado que toda esta experiencia es sólo un paréntesis en la frase que es mi vida, paréntesis que ahora sólo está abierto pero que, como todo paréntesis, se terminará cerrando, y mi frase continuará, y la frase de esta gente también, superando mi paréntesis, olvidando si quiera que lo hay.

Pero dice Cortázar que los paréntesis se disimulan como las partes menos importantes de una frase, cuando en realidad el sentido completo de una frase sólo se alcanza con los paréntesis que alberga. Sólo son un signo ortográfico, pero son, e influyen en la gramática del texto. Supongo pues que mi vida alcanzará un significado pleno cuando cierre todos los paréntesis que abra. Sólo me queda suponer eso, porque si no, para qué escribir nada ajeno a la lógica europea de mi vida. Así que ahora estoy escribiendo entre paréntesis, y cuando los cierre, las palabras que continuarán la frase no serán las mismas que escribiría si no hubiera remachado el texto con ese paréntesis dichoso, serán otras, construyendo pues un nuevo discurso, una nueva vida, porque mi vida no seguirá igual que antes tras esta experiencia. Ese es el único fracaso posible, poder remover los paréntesis de la frase y que ésta permanezca inalterada. Así que qué importantes son los paréntesis y qué poco valor le damos, creyéndonos que escribir del tirón, casi sin signos de puntuación, es la manera de vivir, y lo mejor es hacerlo con corchetes, puntos y coma e incluso puntos y aparte.

Para luego seguir escribiendo, siempre, que de eso se trata, de seguir. De una manera o de otra, pero seguir. Entiendo, pues, que no es malo que ahora esté encerrado en los futuros paréntesis, que ahora sólo está el de apertura. Peor sería que no tuviera nada que escribir, con o sin paréntesis, que sólo tecleara una frase corta para vivirla.

Por haber nacido donde he nacido tengo el privilegio de abrir paréntesis. Los cerraré cuando quiera, pero sé que los cerraré. Esta gente no abrirá paréntesis, vivirán vidas en resumen, cuando ni siquiera saben que lo están haciendo, porque ellos no saben escribir, ni falta que les hace, o eso creen y siguen viviendo vidas que no se plantean. Me vine aquí porque no entendía la mía, así que quién sabe si hay respuestas ahí fuera.

Tengo que abrir más paréntesis cuando cierre estos. Porque puedo, y eso no cambiará nunca, por mucho que lo intente, por mucho que pretenda vivir eternamente entre paréntesis, nunca podré obviar que estoy encorsetado en ellos, que la vida que me ha tocado se desarrolla tanto dentro como fuera de ellos, y sobre todo fuera de ellos, porque soy europeo y eso no se borra, aunque quisiera. Y no quiero.

Sigo pensando qué hago aquí y sigo sin saber responderme, pero al menos mi motor cefálico ahora no está falto de carbón, necesita menos, hoy, después de darme cuenta de que no es pernicioso, para mí, siempre para mí, hacer un parón, dibujar una media luna y escribir tras ella. ¿Y para ellos? Para ellos sólo es un paréntesis, y ellos cuando viven y leen, se saltan los paréntesis, porque nada interesante habrá en ellos. Pero yo pienso como Cortázar.