martes 26 de julio de 2011

Ida y vuelta

Estiré las piernas hasta tocar con las rodillas en el respaldo del asiento de delante. Las recogí, cargué mi peso contra otra nalga. Alcé la pierna izquierda intentando encajar el pie entre la ventana y la butaca que me limitaba por delante. Tampoco así. Di un pequeño respingo haciendo que mis posaderas cubrieran de manera diferente el fondo de mi sillón. Estiré los brazos hacia adelante, los doble por detrás de la nuca. Tampoco así. Apoyé la cabeza contra la ventana y cerré los ojos, pero no había manera. Doblé las piernas y clavé ambas rodillas juntas contra el desafortunado respaldo que hacía de muro, dejándolas a la altura de mi nariz y provocando que me hundiera un poco para sorpresa de mi acompañante. Tampoco así.

Me levanté y grité que pararan el autobús. Murmullos de estupor, miradas somnolientas y suspiros acompañaron mi paseo por el pasillo central hasta el conductor. No, no llevaba maleta más allá de mi pequeña mochila, así que sólo serían un par de segundos. El siseo de las puertas al abrirse, un pequeño salto, el choque metálico tras de mí y el bramido del motor. Me encorvé hacia adelante en la oscuridad de la cuneta, toqué mis pies con las manos doblando la espalda y provocando que mi mochila se deslizara por encima de mi cabeza. Un crujido de alguna vertebra. Y vuelta hacia arriba, las manos estiradas hacia el cielo. Mucho mejor. No pasaban coches.

Anduve un par de horas y por fin di con una marquesina, una nueva parada. Me senté, me dormí, amaneció. Una mujer mayor ocupaba conmigo el asiento de plástico duro. Sonrió al verme despertar, agarró fuerte su bolso y continuó masticando su manzana.

Apareció un nuevo autobús. Ella trepó despacio a su interior, no respondí a la mirada del conductor. El autobús se alejó. Yo me levanté, abrí la mochila, saqué una camiseta limpia y arrugada. Me cambié allí mismo. Escribí un par de anotaciones en la ajada Moleskine. No tenía batería en el móvil. No sé qué hora sería ni dónde estaba. Adiviné que algo así como las ocho de la mañana y el lugar alguno cualquiera entre Granada y Jaén. Cerré la mochila, encapuché el bolígrafo barato y me aparté el pelo de la cara. Me masajeé los pies, me soné la nariz con el último pañuelo de papel y horadé mis ojos liberándolos de legañas grandes como cereales de arroz inflado.

Miré hacia donde se perdía la carretera. Me giré para otear en dirección contraria, por donde había llegado hacia no mucho. Finalmente, volví a sentarme. No tenía hambre. Creo que volví a quedarme dormido.

Me despertó un claxon grave como el mugido de una ballena. Parpadeé y allí estaba un autobús. Sin saber porqué y con toda la prisa del mundo, me deslicé al interior, pagué lo que tuviera que pagar, me tropecé en el pasillo con los pies de un anciano desdentado y me dejé caer en un asiento junto a una chica de pantalones tan cortos que da no sé qué llamarlos pantalones. Me sonrió.

Treinta kilómetros después, o lo que es lo mismo, después de treinta miradas furtivas al escote travieso, a los muslos exhibidos, a los ojos grises, al pelo en coleta y a la nariz respingona, estaba yo de nuevo incómodo, el culo plano como una bandeja, las piernas entumecidas como las de un náufrago y la espalda como un sacacorchos, así que aproveché la siguiente parada y me dejé caer del autobús.

Conmigo se bajó la chica.

Un tipo delgado y en camiseta de tirantes la esperaba con los labios juntos y las manos abiertas. Se besaron delante de mí, él con los ojos cerrados, ella clavando en mí la ceniza de su iris. Se fueron andando sin que él hiciera el más mínimo amago por agarrar la maleta de ella, con ruedas, rebotando en las piedras de un camino que se perdía monte arriba.

Volví a sacar mi Moleskine y le escribí un cuento. No sé qué ponía ni cómo lo titulé, pero lo dejé pegado con un chicle a la pared traslucida de la marquesina.

Empecé a andar. Los coches no aminoraban y escupían polvo, y yo tosía mientras retorcía mis lumbares intentando recolocar vertebras indómitas. En dirección contraria asomó, reluciendo el capó al sol, un autobús. Crucé la carretera arriesgándome a un absurdo atropello y penetré en las entrañas de aquella diligencia metálica.

No había asientos libres, así que fui de pie un buen rato. Al pasar a la altura de la parada a la que le regalé un relato, vi que ya no estaba mi cuento, el chicle seguía pegado. La chica, con los ojos llorosos y la maleta bien pegada a ella, leía lo que yo había escrito no haría ni una hora. Un coche se acercó, aminoró cerca de ella y se bajó el chico delgado. Ella le rechazaba, él insistía en algo, en recuperarla, supuse. Mi autobús arrancó antes de que se resolviera la disputa.

Aunque se fueron quedando sitios libres, opté por no sentarme. No me bajé hasta llegar a la playa. Allí me tumbé en la arena. Creo que estaba sonriendo. Creo que fue allí donde tiré la Moleskine al mar y me bañé desnudo. Dos semanas después puse a cargar por fin el móvil y sólo tenía una llamada perdida, de un número desconocido. Llamé y me contestaron unos ojos grises que me regañaron por no haber marcado aquel número antes, días antes. Yo me excusé diciendo que no sabía dónde estaba, a dónde iba, pero que si ella quería, podríamos ir juntos.

4 comentarios:

Sol dijo...

Te leía sin dar comentarios ahora escapo y sigo leyendote, eres muy bueno con tus historias, saluditos

Mixha Zizek dijo...

Ego me gusta el final, y regresó la calma después de un día agitado y al final hay compañía,
me gusta el relato mucho, besos

MamenCh. dijo...

"Ida y vuelta" podría ser el título de la historia de mi vida( y de la de muchos).
Me encantó volver a saborear tus relatos.

El patio dijo...

Pues ya estoy de vuelta, Julito. Nada, que no tengo remedio, que no me las apaño si no estoy jodiendo con la escritura, en toda la amplia acepción del verbo joder y en concreto de su gerundio, que no confundamos con su participio, como bien nos señalaría Mario Moliner.
Que aquí te dejo mi nueva dirección de blog que espero que actualices en tus enlaces.
http://blogueguerias.blogspot.com/

Un beso enorme, estimadísimo.

 
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