lunes 2 de mayo de 2011

Palabrería

Le susurré mis mejores frases. Ella no respondía. Repetí mis más fructíferas galanterías. Al otro lado del teléfono, sólo una respiración, quizá más pausada. O quizá era yo que así lo quería imaginar. Jugué con dobles sentidos y dulcifiqué subordinadas.

Un quejido en la línea.

Osé pedir una cita y se me devolvieron puntos suspensivos. Pregunté, insistí, provoqué. Y al final ella contestó, suave.

- Sólo háblame.

Y yo me quedé mudo, Harpo sin bocina, lengua enrocada, amígdalas viendo mundo.

- Quiero que me sigas hablando.

Creo que llegué a balbucear. Me froté los ojos, me repasé los pliegues de la frente, aplasté el flequillo contra el cráneo, cualquier cosa menos crear palabras. Era yo el último de los enanos de Blancanieves. Más pequeño.

- Háblame. Más.

Nervio y ansia en su imperativo, y yo desobedeciendo, no por gusto, sino por incapacidad. Pero me forcé, hice lo que no había hecho hasta ese segundo eterno, caprichoso que es el tiempo: pensar en qué iba a ser lo siguiente que iba yo a pronunciar.

Me figuro que se dio cuenta. Antes yo era un torrente imparable, cascada en deshielo, y ahora repasaba el diccionario. Preguntó mi nombre, quizá temiendo que ya no estuviera yo ahí, quizá no estando del todo equivocada, porque mi mano sujetaba el teléfono contra mi oreja, pero ni mi cuerpo respondía ni mi mente se centraba en ese lugar. Viajaba por los cables y las ondas, porque donde quería estar era a ese lado del teléfono, no al mío.

Volvió a interrogar mi nombre, y a mí me salió un sí ronco. Ella se calló, curiosidad saciada al confirmar mi presencia.

Abrí los ojos.

- Te hablaría tanto que te colapsaría los oídos. Te diría tantas cosas que no me creerías. Te murmuraría palabras que aún no existen. Renunciaría a todos mis sentidos y funciones para sólo hablarte.

Por el auricular, de nuevo, sólo una respiración, satisfecha. Y otra orden.

- Sigue.

Me tumbé en el sofá. Me la imaginé del mismo modo.

- Sigo. Claro que sigo. Sigo hasta donde me dejes, hasta donde pueda, hasta donde quieras. Sigo porque me lo pides y es mi deseo.

Un gemido y yo al borde del colapso.

- Te imagino y eso ya me deleita. Te veo sin tenerte cerca y eso ya me nubla. Te suelto frases que empiezan por pronombre, tu pronombre, porque todo lo que sale de mi boca es tuyo. Te regalo mi voz. Te regalo el mundo que dibujo en el aire con el aliento de mi boca.

Casi un chillido, y yo sudando.

- Sigo. Y tú no digas nada, sólo escúchame, sólo atiéndeme, sólo presta atención a lo que inventa mi lengua chocando contra el paladar y topando con mis dientes, esos que quieren morderte músculos que los médicos no han descubierto.

Mi nombre susurrado, tan lejos.

- Quiero hablarte por los ojos.

Silencio.

- Quiero verte.

Vacío, inconsolable vacío. Ahora era su nombre el que yo cuestionaba. Ella tardó en responder.
- Yo sólo quiero llamarte y que me hables.

Y colgó. Y yo, tumbado, mirando la pantalla del teléfono, leyendo su nombre y la duración de la llamada.

Si tuviera un espejo habría descubierto que no sonreía. Porque yo lo que busco es satisfacer lo visual y ella prefiere lo auditivo. Codicio mirarla y expresarle tanto, pero callado, con las pupilas de portavoz. Y al final sólo me queda esperar su llamada y conformarme.

Me suena el móvil. Me resigno.

1 comentarios:

Mixha Zizek dijo...

Cada uno tiene su forma de expresar el amor, otros escuchando, otros oyendo y otros demostrando. Yo soy el grupo de los últimos. Pero a veces uno quiere también escuchar.... Me gusto tu relato, besos

 
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