No aprendes. Te ha pasado ya tres, diez, veinte veces (bueno, no conviene exagerar), y sigues cayendo, tentando, errando. Como un morlaco, te ponen el capote, y ahí que vas, titubeante, adivinando que el estoque no está de adorno, pero vas, bravucón, obstinado. Como un morlaco, sin cuernos, pero con la piel igual de negra por haberte rebozado en la misma brea demasiadas veces. Y, por seguir con la comparación, con el rabo espantando moscas.
Crees que sí, que la próxima vez será diferente, porqué no, la redundancia de tus actos debería haberte hecho prudente, pero es que eres de todo menos aritotélico. La prudencia no te definirá nunca, está visto. Porque volverás a las andadas, como un burro con orejeras atado a la noria, sacando siempre el mismo agua, de la que encima no bebe. Ojalá se desatase y por fin fuera para adelante y no en círculos. Pero entonces dejaría de ser un burro, perdería la esencia de lo que es, de aquello en lo que se ha convertido. Si pasara, si en un ataque de inapropiado raciocinio mandara al carajo sus ligaduras, vagaría sin rumbo. Es probable incluso que buscase un árbol, un poste, un monolito alrededor del cual seguir girando, y girando, y ya sin sacar agua. Es lo único que sabe hacer. Y dar coces al aire.
Olisqueas como un perro, buscas trufas como un cerdo, husmeas en los rincones creyéndote ratón, y, manda huevos, vuelves a toparte con lo mismo. Cualquiera diría que eres un hombre, o quizá es por eso, porque eres un hombre y cuando estás en horas bajas te conviertes en el animal en el que prometiste no volverte a mutar.
En casa, en tu guarida, en tu cochiquera, en esa cuadra que limpias sin que se note, te das de cabezazos contra la pared, como el buey provocado.
Eso sí, en algo has cambiado, algo de mérito hay que reconocerte. Ahora ya no te flagelas con el látigo que le quitaste al pastor. Ahora al menos te sonríes con mueca de “macho, otra vez, tiene cojones la cosa”, al menos reconoces que si no hay remedio, no tiene porqué haber enfermedad. Ahora, al menos, te sientas y escribes esto sonriendo cabrón y sabiendo que, cuando te vuelva a pasar, sabrás reírte, qué te queda, como la hiena que huye achantada por el león que reina.
Algún progreso haces, sí. En esta última ocasión parece que no sólo has sido sincero contigo, sino con ella, que no es que sea más importante, pero tal vez si te convierta en más elegante. Podrías haberte ido, excusa mala mediante, como antaño, pero preferiste mirarla a los ojos y decirla "realmente, quiero estar en otro sitio, no debería haberme dejado llevar, ni lo siento ni lo padezco, sólo te lo digo". Hoy, ni ella ni tú tenéis veinte años. Ella te mira socarrona y, dándote una lección que bien te viene, te dice "pues vale" y tú te miras en el espejo del ascensor y te das una buena ducha de humildad sabiendo que ni hieres ni marcas, ahora ya no. Las cicatrices siguen ahí, pero te las acaricias infantil y reconoces que bien está lo que bien acaba, que al menos acaba, no como quisieras, pero se va aproximando.
Quieres ser pingüino, monógamo y con ansias de volar, pero de momento sigues naufragando en tus genes lascivos, esos que no saben decir que no, que provocan el sí, y que cuando lo tienen, te recuerdan lo que no hace ni unas horas le dijiste a ella: "si yo no vine aquí para esto, pero aquí me tienes".
Castillos en el aire
Hace 2 años

1 comentarios:
A veces uno quiere transformar las cosas o que las cosas sean diferentes y lo intentas cien mil un millón de veces, pero somops seres huamanos y seguimos allí perseverando,
un abrazo
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